Hacia el año 800, en algún lugar de Escandinavia, un hombre se prepara para salir de casa.
No necesita demasiado.
Un escudo de madera, una lanza y un hacha pueden ser suficientes para convertir a un campesino en guerrero. La espada es otra cosa. Es cara, difícil de fabricar y no está al alcance de cualquiera.
Por eso, durante buena parte de la era vikinga, la lanza fue el arma del guerrero común.
El escudo completaba el conjunto.
Juntos permitían formar una línea compacta en la que cada hombre protegía parte del cuerpo del que tenía al lado. Era una forma de combatir que premiaba la disciplina y la fuerza del grupo tanto como la habilidad individual.
Pero había hombres que podían permitirse algo más.
Una espada.
Y entre todas las espadas que circularon por el norte de Europa durante aquellos siglos hubo algunas que alcanzaron una reputación extraordinaria.
En las hojas aparecía una inscripción:
+VLFBERHT+
El nombre se convirtió en una especie de firma.
Lo curioso es que aquellas espadas no nacieron en Escandinavia. Muchas procedían de talleres francos situados en la región del Rin y llegaron al norte a través del comercio, el intercambio, el botín o los movimientos de guerreros.
Su acero tenía una calidad excepcional para su tiempo. Algunas de estas hojas muestran una composición y una fabricación que permitían obtener un metal más homogéneo y resistente que el habitual en muchas espadas europeas de la época.
Y entonces ocurrió algo que nos resulta sorprendentemente moderno.
La reputación creó imitaciones.
Algunas espadas copiaron el nombre VLFBERHT de forma incorrecta, como si un herrero hubiera entendido que aquellas letras eran la marca que convertía una espada corriente en una espada prestigiosa.
Casi mil años antes de las marcas comerciales modernas, una inscripción sobre una hoja ya podía significar calidad, prestigio y valor.
Hoy, buena parte de lo que sabemos sobre estas espadas procede de la clasificación que el arqueólogo noruego Jan Petersen estableció en 1919, a partir de cientos de hallazgos: la misma que todavía usan museos y arqueólogos para datarlas.
Pero la espada no era el arma que todos podían permitirse.
Para la mayoría, el hacha seguía siendo algo mucho más cercano.
Servía para trabajar.
Para cortar madera.
Para construir una casa.
Y, cuando llegaba la guerra, podía convertirse en un arma formidable.
Con el tiempo, algunos guerreros llevaron esa herramienta hasta extremos que nada tenían que ver ya con el trabajo agrícola.
Uno de los ejemplos más famosos aparecería lejos de Escandinavia.
En el año 988, el príncipe Vladímir de Kiev envió guerreros varegos para ayudar al emperador bizantino Basilio II.
Aquellos escandinavos terminarían formando el núcleo de la Guardia Varega, una unidad de élite encargada de proteger al emperador de Constantinopla.
Entre sus armas destacó un tipo de hacha de mango largo que acabaría asociándose estrechamente con estos guerreros.
El mundo vikingo no se había limitado a atacar monasterios y asentamientos de Europa occidental.
Sus hombres viajaban.
Comerciaban.
Servían como mercenarios.
Fundaban asentamientos.
Y llegaban hasta lugares tan alejados como Constantinopla.
Décadas después, uno de aquellos varegos sería recordado mucho más allá de las fronteras del Imperio bizantino.
Se llamaba Harald Sigurdsson.
Había servido en la Guardia Varega antes de regresar a Escandinavia, donde terminaría convirtiéndose en rey de Noruega.
La historia lo conocería como Harald Hardrada.
En el año 1066, Harald cruzó el mar para intentar conquistar Inglaterra.
El 25 de septiembre se encontró con el ejército inglés en Stamford Bridge.
Allí murió.
Para muchos historiadores, aquella batalla se convertiría en uno de los símbolos del final de la era vikinga.
Pero la imagen del vikingo estaba a punto de sobrevivir mucho más que los propios vikingos.
Porque durante siglos nadie imaginó a aquellos guerreros con cuernos en el casco.
La imagen apareció mucho después.
En 1876, el diseñador alemán Carl Emil Doepler creó cascos con cuernos para el vestuario de una producción de las óperas de Richard Wagner.
La idea funcionaba perfectamente sobre un escenario.
Era espectacular.
Fácil de reconocer.
Y completamente anacrónica.
Pero la imagen sobrevivió a la ópera.
Pasó a las ilustraciones, los cómics, el cine, los dibujos animados, los videojuegos y, finalmente, al imaginario colectivo.
El único casco vikingo completo que conocemos, encontrado en Gjermundbu, en Noruega, no tiene cuernos.
Tiene algo mucho menos espectacular.
Hierro.
Una protección en forma de antifaz para los ojos y la nariz.
Y una estructura diseñada para proteger la cabeza de un guerrero.
Es una imagen mucho más sencilla que la del vikingo de los dibujos.
Pero quizá también sea más interesante.
Porque detrás de la leyenda había hombres que utilizaban las armas que tenían a su alcance: lanzas, escudos, hachas y, cuando podían permitírselo, espadas.
Algunas eran fabricadas en el norte.
Otras viajaban desde tierras lejanas.
Algunas llevaban nombres que anunciaban su prestigio.
Y otras eran simplemente herramientas que habían aprendido a utilizar de una manera diferente.
La era vikinga terminó, pero sus armas no desaparecieron.
La espada continuó evolucionando.
El escudo cambió.
La armadura se hizo más compleja.
Y en Europa comenzó a aparecer un nuevo tipo de guerrero, protegido por cada vez más acero.
El mundo de los vikingos estaba llegando a su final.
El de los caballeros medievales acababa de comenzar.
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