Medieval & Templarios

CAS-004 Casco Celta Medieval – Acero Ennegrecido y Latón Grabado
Casco Celta Medieval – Acero Ennegrecido y Latón Grabado
92,40 €
CAS-006 Casco Romano de Centurión Negro con Cimera de Crin
Casco Romano de Centurión Negro con Cimera de Crin
84,00 €
CAS-007 Casco Romano Tipo Gálea de Acero Pulido
Casco Romano Tipo Gálea de Acero Pulido
128,40 €
DAG-001 Daga Templaria Forjada con Cruz Roja en el Pomo y Vaina de Cuero
Daga Templaria Forjada con Cruz Roja en el Pomo y Vaina de Cuero
72,00 €
DAG-002 Daga Templaria Veritas Crucis con Cruz Dorada
Daga Templaria Veritas Crucis con Cruz Dorada
82,80 €
DAG-006 Daga Medieval Forjada de Hoja Gruesa sin Filo con Vaina de Cuero
Daga Medieval Forjada de Hoja Gruesa sin Filo con Vaina de Cuero
66,00 €
DAG-008 Daga Alemana Forjada de Combate con Vaina de Cuero Grabado
Daga Alemana Forjada de Combate con Vaina de Cuero Grabado
72,00 €
DAG-009 Daga Alemana Forjada con Mango de Madera y Herrajes en Tono Bronce
Daga Alemana Forjada con Mango de Madera y Herrajes en Tono Bronce
87,60 €
ESP-006 Espada Medieval Tipo XIV con Hoja Grabada
Espada Medieval Tipo XIV con Hoja Grabada
200,40 €
ESP-007 Espada Medieval de Caballero con Pomo en Rueda y Guarda Curva
Espada Medieval de Caballero con Pomo en Rueda y Guarda Curva
224,40 €
ESP-011 Espada Jacobita con Guarda de Cesta Dorada
Espada Jacobita con Guarda de Cesta Dorada
262,80 €
ESP-012 Espada de Oficial Escocés con Guarda de Cesta
Espada de Oficial Escocés con Guarda de Cesta
262,80 €
ESP-018 Gladio Romano de 80 cm con Vaina de Medallón
Gladio Romano de 80 cm con Vaina de Medallón
140,40 €
ESP-020 Espada Vikinga de Pomo de Cinco Lóbulos con Vaina de Cuero
Espada Vikinga de Pomo de Cinco Lóbulos con Vaina de Cuero
162,00 €
ESP-022 Espada Vikinga Tipo H/I con Hoja Grabada y Vaina de Cuero
Espada Vikinga Tipo H/I con Hoja Grabada y Vaina de Cuero
159,60 €
ESP-023 Espada Vikinga Tipo X de Petersen con Inscripción Ulfberht
Espada Vikinga Tipo X de Petersen con Inscripción Ulfberht
150,00 €
ESP-026 Espada Medieval Tipo XIV del Siglo XIII con Vaina de Cuero Granate
Espada Medieval Tipo XIV del Siglo XIII con Vaina de Cuero Granate
219,60 €
ESP-027 Espada Medieval Tipo XV del Siglo XIV con Pomo de Rueda y Cruceta Curva
Espada Medieval Tipo XV del Siglo XIV con Pomo de Rueda y Cruceta Curva
176,40 €
ESP-028 Espada Medieval de Combate «Guillermo el Mariscal» del Siglo XII
Espada Medieval de Combate «Guillermo el Mariscal» del Siglo XII
176,40 €
ESP-031 Espada «Militia Templi» de la Orden del Temple con Cruz Templaria y Vaina Negra
Espada «Militia Templi» de la Orden del Temple con Cruz Templaria y Vaina Negra
200,40 €
ESP-048 Espada templaria de Jacques de Molay
Espada templaria de Jacques de Molay
140,40 €
ESP-051 Espada medieval francesa del s. XIV con flor de lis y vaina azul, 109 cm
Espada medieval francesa del s. XIV con flor de lis y vaina azul, 109 cm
120,96 €
ESP-052 Espadón medieval a dos manos - Acero forjado y cuero
Espadón medieval a dos manos - Acero forjado y cuero
152,40 €
ESP-053 Espada Excalibur con vaina marrón trenzada, 111 cm
Espada Excalibur con vaina marrón trenzada, 111 cm
149,94 €
HAC-002 Hacha Vikinga de Barba con Mango Rematado en Cabeza de Dragón – 50 cm
Hacha Vikinga de Barba con Mango Rematado en Cabeza de Dragón – 50 cm
170,40 €
HAC-003 Hacha Vikinga de Barba Marrón con Valknut Grabado – 48 cm
Hacha Vikinga de Barba Marrón con Valknut Grabado – 48 cm
70,80 €
SCU-002 Escudo Vikingo Drakkar – Flota de los Conquistadores
Escudo Vikingo Drakkar – Flota de los Conquistadores
110,40 €
SCU-003 Escudo Vikingo Yggdrasil – Poder de las Raíces Ancestrales
Escudo Vikingo Yggdrasil – Poder de las Raíces Ancestrales
110,40 €
SCU-004 Escudo Vikingo Fenrir – La Leyenda del Lobo Gigante
Escudo Vikingo Fenrir – La Leyenda del Lobo Gigante
142,80 €
SCU-005 Escudo Vikingo Huginn y Muninn – Los Cuervos de Odín
Escudo Vikingo Huginn y Muninn – Los Cuervos de Odín
142,80 €
SCU-006 Escudo Templario de Acero – Cruz Roja sobre Blanco
Escudo Templario de Acero – Cruz Roja sobre Blanco
126,00 €

Espadas romanas, vikingas, medievales y templarias

Casi dos mil años de historia en acero: del gladius romano a la espada de los templarios. Aquí reunimos réplicas de espadas, dagas, cascos y escudos de las grandes épocas guerreras de Europa.

  • Roma: gladius de tipo Pompeya y Fulham, puñales y cascos de centurión y de legionario.
  • Vikingos: espadas de tipo Petersen, hachas barbadas y escudos pintados con Odín, Fenrir o Yggdrasil.
  • Edad Media y cruzadas: espadas de caballero de los siglos XI al XIV, dagas de combate, yelmos de cruzado y teutónicos y escudos heráldicos.
  • Templarios: espadas, dagas y escudos con la cruz de la Orden del Temple.
  • Siglos posteriores: roperas de esgrima y espadas escocesas de cazoleta.

Son piezas de acero con vainas de cuero, madera o metal, pensadas para colección, decoración o recreación histórica. En cada ficha verás las medidas, el peso y los materiales.

En la pestaña Historia recorremos cómo cambiaron las espadas y las armaduras, de la Grecia del bronce a la leyenda templaria.

1. Grecia — Nace el guerrero de bronce

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Hacia el siglo VII a. C., un guerrero griego se prepara para entrar en combate. Se coloca sobre la cabeza un casco de bronce que le cubre las mejillas y la nariz. Las aberturas de los ojos son estrechas y apenas puede ver lo que ocurre a los lados. El metal pesa, calienta y limita sus sentidos, pero cuando llegue el momento no importará. El casco no está hecho para resultar cómodo. Está hecho para mantenerlo vivo.

Es un hoplita.

Su equipo forma un conjunto pensado para combatir junto a otros hombres. Lleva una lanza, una espada corta como arma secundaria, grebas, una coraza y un enorme escudo circular: el aspis, conocido popularmente como hoplón.

Pero aquel escudo tiene algo peculiar.

Su diseño permite sujetarlo con el brazo y mantenerlo firme mientras cubre buena parte del cuerpo. Protege especialmente bien el lado izquierdo, pero deja más expuesto el derecho. Un hombre solo tiene un problema. Dos hombres juntos tienen una solución.

El escudo de uno protege parcialmente al otro.

Y así, casi sin darse cuenta, el arma empieza a decidir cómo deben luchar los hombres que la llevan.

Los hoplitas avanzan formando filas compactas. Cada uno protege al compañero que tiene al lado y espera que el compañero haga exactamente lo mismo. Las lanzas sobresalen por delante de la formación mientras los escudos crean una muralla continua de madera y bronce.

Ha nacido la falange.

No es simplemente una forma de colocar soldados. Es una consecuencia de su equipo. El hoplita no necesita ser el guerrero más rápido ni el más fuerte. Necesita mantener su lugar.

Durante generaciones, aquella forma de combatir se convirtió en una de las grandes fuerzas militares del mundo griego.

En 480 a. C., esa disciplina encontraría uno de sus escenarios más famosos.

Un enorme ejército persa avanza hacia Grecia. En su camino aparece un estrecho paso entre las montañas y el mar: las Termópilas.

Allí, el rey espartano Leónidas y sus hombres consiguen aprovechar el terreno para enfrentarse durante días a un enemigo muy superior en número. La falange funciona porque el espacio impide que los persas puedan rodearla con facilidad.

Pero ninguna formación permanece perfecta para siempre.

Más de un siglo después, en Macedonia, un rey comprenderá que si el escudo y la lanza pueden cambiar la forma de combatir, también pueden llevarse mucho más lejos.

Se llama Filipo II.

Su respuesta es una lanza gigantesca: la sarisa, una pica que podía superar los seis metros de longitud. El soldado que la sostenía quedaba protegido por una auténtica barrera de puntas antes incluso de que el enemigo pudiera acercarse.

La falange macedonia había llevado la idea original hasta otro nivel.

Filipo utilizó aquel ejército para imponerse en Grecia. Y cuando murió, en el año 336 a. C., dejó a su hijo algo mucho más valioso que un reino.

Le dejó un ejército.

Su hijo era Alejandro.

Dos años después comenzaría una campaña que llevaría aquellas largas sarisas mucho más lejos de lo que probablemente había imaginado su creador. Macedonia cruzó hacia Asia y, en pocos años, Alejandro derrotó al Imperio persa y extendió su dominio hasta las fronteras de la India.

La historia había demostrado algo que se repetiría una y otra vez en los siglos siguientes:

cuando cambia el arma, puede cambiar también la forma de hacer la guerra.

Pero mientras los ejércitos griegos evolucionaban, también nacía otra Grecia. Una Grecia que siglos después sería reconstruida por artistas, escritores, cineastas y diseñadores hasta convertirse en una imagen que ya casi nadie cuestiona.

El guerrero espartano de nuestra imaginación lleva una gran cresta vertical sobre el casco.

La realidad era diferente.

En la cerámica y los relieves antiguos aparecen tanto crestas longitudinales como transversales, hechas de crin de caballo, y algunas representaciones sugieren que la cresta transversal distinguía a los oficiales. La imagen de un ejército espartano entero coronado por grandes crestas espectaculares pertenece, en buena medida, a la forma en que la cultura popular ha reinventado la Antigüedad.

El cine no inventó a los guerreros griegos.

Pero sí los volvió más fáciles de reconocer.

Y quizá esa sea la parte más interesante de todo este recorrido: separar poco a poco al guerrero que realmente existió del que hemos construido después.

Porque debajo de todas esas imágenes hay algo mucho más sencillo.

Un hombre.

Un casco de bronce.

Un escudo que le obliga a confiar en el hombre que marcha a su lado.

Y una lanza que, con el paso del tiempo, terminará convirtiéndose en una pica de seis metros y llevando a un ejército hasta los confines del mundo conocido.

Grecia no inventó todas las armas que utilizó.

Pero aprendió algo que otros pueblos perfeccionarían después: una buena arma no solo cambia la manera de luchar. Puede cambiar la manera de organizar un ejército entero.

Y Roma estaba a punto de aprender esa misma lección.

Pero a su manera.

2. Roma — El arma que copiaron y perfeccionaron

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Roma no inventó el arma que la haría famosa.

La encontró lejos de Italia, en Hispania.

Durante la Segunda Guerra Púnica, entre los años 218 y 201 a. C., los ejércitos romanos se enfrentaron durante años a las tropas de Cartago. Aníbal había cruzado los Alpes con elefantes y había llevado la guerra hasta el corazón de Italia. Roma necesitaba aprender deprisa.

Y en Hispania encontró algo que llamó su atención.

Los guerreros celtíberos utilizaban espadas cortas, resistentes y manejables, capaces de cortar y, sobre todo, de atacar con la punta en el combate cuerpo a cuerpo.

Los romanos observaron.

Y copiaron.

La espada que adoptaron sería conocida como gladio hispánico, el gladius hispaniensis de las fuentes latinas.

No era especialmente larga. Precisamente ahí estaba parte de su ventaja. En una formación cerrada, un soldado no necesita una espada que describa grandes movimientos. Necesita algo que pueda utilizar sin romper la línea y que le permita golpear rápidamente hacia delante.

Roma había encontrado un arma adecuada para la forma en que quería combatir.

Pero todavía faltaba convertirla en algo mucho más poderoso.

La legión romana no era una multitud de hombres armados con la misma espada. Cada pieza de su equipo tenía una función.

El scutum, el gran escudo curvo, protegía buena parte del cuerpo.

El pilo, una larga jabalina, podía lanzarse antes de llegar al combate cuerpo a cuerpo. Su punta de hierro estaba diseñada para penetrar los escudos enemigos y, en determinadas circunstancias, doblarse después del impacto, dificultando que el enemigo pudiera reutilizar el arma o incluso manejar el escudo con comodidad.

Y cuando las dos líneas finalmente chocaban, quedaba el gladio.

Corto.

Rápido.

Letal.

Su efecto sobre el enemigo era tan brutal que quedó registrado por escrito.

El historiador Tito Livio cuenta que, hacia el 200 a. C., durante un enfrentamiento con Macedonia, el rey Filipo V mandó exponer en su campamento los cuerpos de sus soldados caídos en un choque con los romanos.

Sus propios hombres, acostumbrados a heridas de lanza, quedaron aterrorizados: brazos amputados de un solo tajo, cabezas separadas del cuerpo.

Nunca habían visto lo que podía hacer un gladio.

Aquel espanto fue solo un aviso de lo que estaba por llegar.

En el año 197 a. C., en Cinoscéfalas, esa forma de combatir demostró hasta qué punto podía ser eficaz.

Al otro lado estaba el ejército macedonio, heredero de la tradición de Filipo y Alejandro. Sus soldados utilizaban la enorme sarisa y combatían en una formación que podía resultar formidable en terreno abierto.

Pero el campo de batalla no siempre respeta los planes de los generales.

Las colinas y el terreno irregular rompieron la formación macedonia. Las largas sarisas, tan poderosas cuando todos los hombres permanecían alineados, resultaban mucho menos manejables cuando la formación se desordenaba.

Los legionarios romanos podían dividirse, avanzar y combatir en grupos más pequeños.

La vieja falange había encontrado un enemigo que no necesitaba enfrentarse a ella de la misma manera.

Roma había aprendido otra lección:

no siempre gana el arma más grande. A veces gana la que permite adaptarse mejor al terreno.

Y el gladio no fue la única arma extranjera que Roma hizo suya.

También estaba el pugio.

La daga que acompañaba al legionario se convirtió en una pieza habitual del equipo romano durante la República tardía y el Imperio. Era compacta, de doble filo y suficientemente robusta para utilizarse como arma de respaldo.

Su origen está relacionado con las dagas utilizadas en Hispania, aunque atribuirle una procedencia exclusivamente cántabra es una cuestión que requiere más matices de los que permite la imagen tradicional.

Con el tiempo, el pugio podía convertirse además en una pieza extraordinariamente decorada. Algunas vainas estaban adornadas con metales, relieves e incrustaciones que decían tanto sobre el propietario como sobre el arma que protegían.

Mientras tanto, el propio ejército romano había cambiado por dentro.

En el año 107 a. C., Cayo Mario había reformado profundamente el ejército. Los soldados pasaron a cargar ellos mismos con su propio equipo.

Según una célebre tradición, los legionarios cargaban con tantas pertenencias que sus compañeros comenzaron a llamarlos, con cierta sorna, "las mulas de Mario".

El apodo terminó pasando a la historia.

Y dice mucho de la transformación que estaba viviendo el ejército romano.

El legionario ya no era simplemente un ciudadano que acudía a la guerra con sus armas.

Era un soldado profesional.

Su equipo formaba parte de su identidad.

Su escudo.

Su casco.

Su pilo.

Su gladio.

Su pugio.

Cada pieza tenía una función y todas juntas formaban una máquina militar mucho más compleja que la suma de sus partes.

Y entonces llegó uno de los episodios más famosos de la historia de Roma.

Los idus de marzo del año 44 a. C.

Julio César entra en el Senado.

A su alrededor hay hombres que conoce.

Algunos han sido sus aliados.

Otros le deben su posición.

Y varios de ellos esconden bajo sus ropas pequeñas hojas de metal.

Cuando comienza el ataque, los conspiradores sacan sus pugiones.

La daga que había nacido de la experiencia de otros pueblos se había convertido en una pieza del poder romano.

Siglos después, el cine volvería a construir una imagen única del legionario romano, mezclando armaduras, cascos, espadas y estandartes pertenecientes a épocas diferentes.

Pero la Roma real fue mucho más cambiante.

El gladio evolucionó.

El equipo defensivo cambió.

Las tácticas se adaptaron.

Y el ejército que había comenzado copiando armas extranjeras terminó desarrollando una tradición militar propia que dominaría buena parte del mundo mediterráneo.

Roma no inventó el gladio.

Tampoco inventó el pilo.

Ni siquiera inventó la idea de convertir un ejército en una máquina perfectamente organizada.

Su verdadera habilidad fue otra.

Observar lo que funcionaba, adaptarlo y hacerlo suyo.

Y mientras Roma aprendía a convertir las armas de otros pueblos en instrumentos de conquista, muy lejos de allí comenzaban a aparecer nuevas espadas en manos de guerreros que todavía no habían entrado en la historia.

Siglos después serían llamados vikingos.

3. Vikingos — Las armas que hicieron historia

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Hacia el año 800, en algún lugar de Escandinavia, un hombre se prepara para salir de casa.

No necesita demasiado.

Un escudo de madera, una lanza y un hacha pueden ser suficientes para convertir a un campesino en guerrero. La espada es otra cosa. Es cara, difícil de fabricar y no está al alcance de cualquiera.

Por eso, durante buena parte de la era vikinga, la lanza fue el arma del guerrero común.

El escudo completaba el conjunto.

Juntos permitían formar una línea compacta en la que cada hombre protegía parte del cuerpo del que tenía al lado. Era una forma de combatir que premiaba la disciplina y la fuerza del grupo tanto como la habilidad individual.

Pero había hombres que podían permitirse algo más.

Una espada.

Y entre todas las espadas que circularon por el norte de Europa durante aquellos siglos hubo algunas que alcanzaron una reputación extraordinaria.

En las hojas aparecía una inscripción:

+VLFBERHT+

El nombre se convirtió en una especie de firma.

Lo curioso es que aquellas espadas no nacieron en Escandinavia. Muchas procedían de talleres francos situados en la región del Rin y llegaron al norte a través del comercio, el intercambio, el botín o los movimientos de guerreros.

Su acero tenía una calidad excepcional para su tiempo. Algunas de estas hojas muestran una composición y una fabricación que permitían obtener un metal más homogéneo y resistente que el habitual en muchas espadas europeas de la época.

Y entonces ocurrió algo que nos resulta sorprendentemente moderno.

La reputación creó imitaciones.

Algunas espadas copiaron el nombre VLFBERHT de forma incorrecta, como si un herrero hubiera entendido que aquellas letras eran la marca que convertía una espada corriente en una espada prestigiosa.

Casi mil años antes de las marcas comerciales modernas, una inscripción sobre una hoja ya podía significar calidad, prestigio y valor.

Hoy, buena parte de lo que sabemos sobre estas espadas procede de la clasificación que el arqueólogo noruego Jan Petersen estableció en 1919, a partir de cientos de hallazgos: la misma que todavía usan museos y arqueólogos para datarlas.

Pero la espada no era el arma que todos podían permitirse.

Para la mayoría, el hacha seguía siendo algo mucho más cercano.

Servía para trabajar.

Para cortar madera.

Para construir una casa.

Y, cuando llegaba la guerra, podía convertirse en un arma formidable.

Con el tiempo, algunos guerreros llevaron esa herramienta hasta extremos que nada tenían que ver ya con el trabajo agrícola.

Uno de los ejemplos más famosos aparecería lejos de Escandinavia.

En el año 988, el príncipe Vladímir de Kiev envió guerreros varegos para ayudar al emperador bizantino Basilio II.

Aquellos escandinavos terminarían formando el núcleo de la Guardia Varega, una unidad de élite encargada de proteger al emperador de Constantinopla.

Entre sus armas destacó un tipo de hacha de mango largo que acabaría asociándose estrechamente con estos guerreros.

El mundo vikingo no se había limitado a atacar monasterios y asentamientos de Europa occidental.

Sus hombres viajaban.

Comerciaban.

Servían como mercenarios.

Fundaban asentamientos.

Y llegaban hasta lugares tan alejados como Constantinopla.

Décadas después, uno de aquellos varegos sería recordado mucho más allá de las fronteras del Imperio bizantino.

Se llamaba Harald Sigurdsson.

Había servido en la Guardia Varega antes de regresar a Escandinavia, donde terminaría convirtiéndose en rey de Noruega.

La historia lo conocería como Harald Hardrada.

En el año 1066, Harald cruzó el mar para intentar conquistar Inglaterra.

El 25 de septiembre se encontró con el ejército inglés en Stamford Bridge.

Allí murió.

Para muchos historiadores, aquella batalla se convertiría en uno de los símbolos del final de la era vikinga.

Pero la imagen del vikingo estaba a punto de sobrevivir mucho más que los propios vikingos.

Porque durante siglos nadie imaginó a aquellos guerreros con cuernos en el casco.

La imagen apareció mucho después.

En 1876, el diseñador alemán Carl Emil Doepler creó cascos con cuernos para el vestuario de una producción de las óperas de Richard Wagner.

La idea funcionaba perfectamente sobre un escenario.

Era espectacular.

Fácil de reconocer.

Y completamente anacrónica.

Pero la imagen sobrevivió a la ópera.

Pasó a las ilustraciones, los cómics, el cine, los dibujos animados, los videojuegos y, finalmente, al imaginario colectivo.

El único casco vikingo completo que conocemos, encontrado en Gjermundbu, en Noruega, no tiene cuernos.

Tiene algo mucho menos espectacular.

Hierro.

Una protección en forma de antifaz para los ojos y la nariz.

Y una estructura diseñada para proteger la cabeza de un guerrero.

Es una imagen mucho más sencilla que la del vikingo de los dibujos.

Pero quizá también sea más interesante.

Porque detrás de la leyenda había hombres que utilizaban las armas que tenían a su alcance: lanzas, escudos, hachas y, cuando podían permitírselo, espadas.

Algunas eran fabricadas en el norte.

Otras viajaban desde tierras lejanas.

Algunas llevaban nombres que anunciaban su prestigio.

Y otras eran simplemente herramientas que habían aprendido a utilizar de una manera diferente.

La era vikinga terminó, pero sus armas no desaparecieron.

La espada continuó evolucionando.

El escudo cambió.

La armadura se hizo más compleja.

Y en Europa comenzó a aparecer un nuevo tipo de guerrero, protegido por cada vez más acero.

El mundo de los vikingos estaba llegando a su final.

El de los caballeros medievales acababa de comenzar.

4. Edad Media — El pulso entre el arma y la armadura

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Hacia el año 1000, Europa está llena de hombres que llevan acero.

No es todavía la armadura completa que siglos después asociaríamos al caballero medieval. El guerrero de esta época viste una cota de malla, formada por miles de pequeños anillos de hierro entrelazados. Lleva además un escudo y, en la mano, una espada de hoja recta.

Es una combinación sencilla.

Y funciona.

La espada permite cortar y golpear. El escudo protege el cuerpo. La malla detiene o reduce la eficacia de muchos ataques.

Durante generaciones, ese equilibrio se mantiene.

Pero en la guerra siempre aparece alguien que intenta romper el equilibrio.

Y esta vez no será una espada.

Será una flecha.

En 1139, el Segundo Concilio de Letrán llegó incluso a condenar el uso del arco y la ballesta contra otros cristianos. La Iglesia consideraba aquellas armas especialmente peligrosas.

Pero una prohibición religiosa tenía un problema.

El enemigo seguía pudiendo utilizarlas.

Y ningún rey quería renunciar a un arma eficaz simplemente porque también pudiera utilizarla su adversario.

La ballesta continuó extendiéndose.

El arco también.

Y, con el tiempo, apareció una nueva amenaza.

En 1346, durante la Guerra de los Cien Años, los ejércitos inglés y francés se encontraron en Crécy.

Al frente de los ingleses estaba el rey Eduardo III, con su hijo —el futuro Príncipe Negro— al mando de una de las alas. Del lado francés, el rey Felipe VI de Valois confiaba en su caballería para decidir la jornada.

Al otro lado del campo esperaba la caballería francesa.

Caballeros cubiertos de hierro.

Hombres acostumbrados a que una carga de caballería pudiera decidir una batalla.

Frente a ellos había miles de arqueros ingleses armados con el arco largo.

Cuando comenzó el combate, las flechas empezaron a caer sobre la formación francesa.

Los caballos fueron alcanzados.

Los hombres cayeron.

Las cargas perdieron fuerza.

Y la batalla demostró algo que durante siglos se repetiría una y otra vez:

ninguna armadura es definitiva.

Si el arma encuentra una manera de atravesarla, la armadura tiene que cambiar.

Y cambió.

Durante la segunda mitad del siglo XIV y a lo largo del XV, las placas de acero fueron apareciendo cada vez más sobre el cuerpo del guerrero.

Primero como piezas que reforzaban las zonas más expuestas.

Después cubriendo brazos, piernas, pecho y espalda.

Hasta que el caballero terminó encerrado en un auténtico traje de acero articulado.

La transformación no fue inmediata.

Fue una carrera.

El arma buscaba un punto débil.

La armadura lo cerraba.

El arma cambiaba.

La armadura volvía a responder.

Y esa carrera terminó produciendo algunas de las armaduras más sofisticadas que Europa había visto.

Pero hay una paradoja.

Cuando pensamos en un caballero medieval, solemos imaginar precisamente esas armaduras completas.

Sin embargo, algunas de las más espectaculares llegaron cuando la Edad Media ya estaba desapareciendo.

La armadura de estilo Maximiliano, por ejemplo, pertenece aproximadamente a los años 1500–1525, cuando Europa se encontraba ya en el Renacimiento.

Es una diferencia pequeña para quien mira una fotografía.

Pero enorme para un historiador.

La Edad Media no terminó porque un día los caballeros dejaran de utilizar armaduras.

Terminó mientras esas armaduras alcanzaban, precisamente, algunos de sus mayores niveles de perfección.

Y mientras el acero cubría cada vez más el cuerpo, la espada también tenía que cambiar.

Una hoja ancha podía ser excelente contra un hombre protegido solamente por ropa o cuero.

Pero contra una superficie de acero, cortar ya no era suficiente.

Había que encontrar una abertura.

Una articulación.

Una axila.

La rendija de un yelmo.

El arma empezaba a buscar la armadura desde dentro.

Y de esa necesidad surgiría otra pieza mucho más pequeña.

La daga.

Ya no era simplemente un arma secundaria.

Era la respuesta a un problema concreto.

Cuando dos hombres acorazados terminaban luchando cuerpo a cuerpo, la espada podía resultar demasiado grande para encontrar determinados puntos débiles. Una hoja corta, rígida y estrecha podía entrar donde una espada no podía hacerlo.

La guerra había convertido la armadura en una fortaleza.

Y ahora las armas buscaban sus puertas.

Esa hoja pequeña, sin embargo, merece su propia historia. La contaremos enseguida, junto a la propia espada.

La evolución tenía una lógica casi inevitable.

Cuanto mejor era la protección, más importante se volvía la punta.

Cuanto más acero cubría al guerrero, menos sentido tenía intentar cortarlo.

La espada medieval había comenzado siendo principalmente una herramienta para cortar.

Ahora aprendía también a perforar.

Y detrás de toda aquella evolución había aparecido algo nuevo.

El guerrero ya no llevaba simplemente un arma.

Llevaba un sistema completo de protección y ataque diseñado para enfrentarse a otro sistema.

Espada contra armadura.

Arco contra acero.

Daga contra las rendijas.

Cada innovación provocaba otra.

Pero para ver nacer a una institución que marcaría esa historia hay que retroceder casi dos siglos. Ya en el siglo XII, mucho antes de que el acero cubriera por completo al caballero, surgió una orden que ocuparía un lugar cada vez más importante en la historia de la guerra.

Una orden cuyos hombres llevarían el blanco y el rojo sobre el acero.

Una orden que comenzaría siendo pequeña y terminaría acumulando tierras, riquezas y poder por toda Europa.

La Orden del Temple.

5. Anatomía de la espada y la daga

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Hasta ahora hemos visto la espada en manos de griegos, romanos, vikingos y caballeros.

La hemos visto cambiar de forma, de tamaño y de función.

Pero antes de continuar hacia el Temple merece la pena detenerse un momento y mirar una espada de cerca.

Porque casi ninguna de sus partes está ahí por casualidad.

Empecemos por el extremo más alejado de la hoja.

El pomo parece, a primera vista, un simple remate decorativo. Puede serlo en algunas armas, pero su función es mucho más importante: ayuda a equilibrar la espada y permite controlar mejor una hoja que, en muchos casos, pesa más de un kilo.

En el otro extremo está la guarda o cruz.

Protege la mano, pero también cumple otra función esencial: impide que la mano resbale hacia la hoja y ayuda a controlar el arma cuando las espadas chocan.

Entre ambas piezas está la empuñadura.

Y después comienza la hoja.

Durante siglos, las hojas fueron adoptando formas diferentes porque los guerreros necesitaban resolver problemas diferentes.

Una hoja relativamente ancha resulta eficaz cuando el enemigo lleva poca protección.

Pero cuando la armadura empieza a cubrir el cuerpo con placas de acero, la situación cambia.

Ya no basta con golpear más fuerte.

Hay que encontrar un lugar donde el acero no esté.

Las hojas empiezan a hacerse más estrechas y las puntas adquieren cada vez más importancia.

Y aquí aparece uno de los mitos más persistentes de la cultura popular.

El llamado "canal de sangre".

Muchas espadas tienen una hendidura longitudinal en la hoja y durante generaciones se ha contado que servía para permitir que la sangre saliera del cuerpo de la víctima.

No es así.

Su función es principalmente estructural: permite reducir parte del peso de la hoja manteniendo una buena resistencia, de una manera comparable al principio utilizado en determinadas estructuras de ingeniería.

La espada, una vez más, no está diseñada para impresionar.

Está diseñada para funcionar.

Y cuando la armadura se hizo todavía más resistente, apareció un problema que la espada no siempre podía resolver.

Imaginemos ahora a dos hombres completamente acorazados.

Uno consigue derribar al otro.

El enemigo está en el suelo, pero su armadura sigue protegiéndolo.

Una espada ancha tiene dificultades para encontrar un punto vulnerable.

Hace falta algo diferente.

Una hoja más corta.

Más estrecha.

Más rígida.

Una hoja que pueda entrar por una abertura.

Hacia mediados del siglo XIII aparece la daga de misericordia, asociada en la tradición medieval a los golpes dirigidos contra los puntos vulnerables de un adversario derribado: las rendijas del yelmo, las axilas o las zonas donde las placas dejaban espacio para permitir el movimiento.

Con el tiempo, esa lógica se perfeccionaría.

Durante los siglos XIV y XV se extendió la daga rondel, fácilmente reconocible por sus discos circulares en la empuñadura.

Ya no era simplemente una pequeña espada.

Era una herramienta especializada para un mundo en el que cada vez había más acero entre el hombre y su enemigo.

Y aquí podemos ver algo que se ha repetido desde el principio de nuestra historia.

El arma cambia porque el enemigo cambia.

El escudo griego había condicionado la falange.

La falange macedonia había respondido a nuevas necesidades.

Roma había encontrado en el gladio un arma adecuada para su propia forma de combatir.

La armadura medieval había obligado a modificar las espadas.

Y ahora la daga buscaba aquello que la armadura no podía proteger.

Por eso una espada histórica no debería mirarse solamente como un objeto.

Su forma cuenta una historia.

Una hoja ancha nos habla de un tipo de enemigo.

Una punta estrecha nos habla de otro.

Una guarda sencilla pertenece a una época y una forma de combatir; una empuñadura más compleja puede responder a necesidades completamente diferentes.

Incluso el peso y el equilibrio nos dicen algo sobre cómo fue concebida.

Cuando miramos una espada, en realidad estamos mirando el resultado final de una conversación que duró siglos.

El arma pregunta. La armadura responde. Y el arma vuelve a cambiar.

Pero hay un momento en la historia en el que la espada deja de ser solamente un arma.

Empieza a convertirse también en un símbolo.

Una cruz sobre un manto blanco.

Una espada al cinto.

Un caballero que ya no lucha únicamente por sí mismo, sino como miembro de una institución.

Europa está a punto de conocer a los hombres que convertirán esa combinación de fe, disciplina y guerra en una de las órdenes militares más famosas de la historia.

Los templarios.

6. La Orden del Temple — Del caballo compartido al poder

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Jerusalén, hacia el 1119.

La ciudad lleva veinte años en manos de los cruzados, pero llegar hasta ella sigue siendo peligroso. Los peregrinos recorren caminos en los que un viaje puede convertirse en una emboscada.

En ese mundo aparece un pequeño grupo de caballeros.

Su líder es Hugo de Payns.

No son todavía una gran orden militar. Son pocos hombres y sus recursos son escasos. Su propósito es sencillo: proteger a los peregrinos que viajan hacia los lugares santos.

Según la tradición, llegaron a ser tan pobres que el sello que utilizarían posteriormente los representaría compartiendo un mismo caballo dos caballeros.

La imagen terminaría convirtiéndose en uno de los símbolos más conocidos del Temple.

Pero aquella pobreza no duraría mucho.

En 1129, el Concilio de Troyes reconoció oficialmente a la Orden y aprobó su regla, redactada bajo la influencia de Bernardo de Claraval.

A partir de entonces comenzaron a llegar donaciones.

Tierras.

Dinero.

Caballos.

Armas.

Hombres.

Y con ellas apareció también una imagen que acabaría siendo inseparable de los templarios.

El manto blanco.

En 1147, el papa Eugenio III autorizó que los templarios llevaran sobre él una cruz roja.

Blanco y rojo.

Dos colores que, siglos después, seguirían siendo suficientes para reconocer a un templario incluso antes de verle el rostro.

Pero bajo aquel manto no había un guerrero diferente de los demás caballeros de su época.

Llevaba cota de malla.

Escudo.

Lanza.

Espada.

Y, sobre todo, disciplina.

Ahí estaba su verdadera fuerza.

Un templario no debía abandonar la formación para perseguir a un enemigo por su cuenta. No combatía buscando gloria individual. Su comportamiento estaba sometido a las reglas de la Orden.

En el campo de batalla, aquella disciplina podía marcar la diferencia.

En 1177, un ejército cruzado dirigido por el joven rey Balduino IV de Jerusalén se enfrentó a las fuerzas de Saladino cerca de Montgisard.

El ejército de Balduino era muy inferior en número.

Entre sus hombres había ochenta caballeros templarios.

La batalla terminó con una derrota inesperada para Saladino.

La victoria convirtió Montgisard en uno de los grandes episodios de la historia militar del Reino de Jerusalén.

Pero el equilibrio en Tierra Santa estaba cambiando.

Diez años después, los cruzados se encontrarían de nuevo con Saladino.

Esta vez, en Hattin.

Y el resultado sería completamente diferente.

En julio de 1187, el ejército cruzado avanzó por Galilea bajo un calor extremo. El agua escaseaba. El cansancio aumentaba.

Saladino sabía que no necesitaba enfrentarse a un ejército descansado.

Necesitaba conseguir que llegara agotado.

Cuando finalmente comenzó la batalla, los cruzados estaban en una situación desesperada.

La derrota fue total.

La reliquia de la Vera Cruz, que los cristianos habían llevado al combate, cayó en manos de Saladino.

Muchos caballeros fueron capturados.

Entre ellos había templarios y hospitalarios.

La pérdida de Hattin abrió el camino hacia Jerusalén.

La ciudad cayó pocos meses después.

La Orden sobrevivió.

Pero ya nada volvería a ser igual.

Durante el siglo siguiente, los templarios continuarían luchando en Tierra Santa y acumulando propiedades en Europa.

Porque mientras la guerra continuaba, la Orden se había convertido en algo mucho más grande que un grupo de caballeros.

Tenía castillos.

Tierras.

Granjas.

Iglesias.

Rutas comerciales.

Y una red de propiedades que se extendía por numerosos territorios europeos.

Los peregrinos podían depositar dinero en un lugar y recuperarlo en otro. La organización y la seguridad de la red hicieron que los templarios desempeñaran también funciones financieras.

El pequeño grupo de caballeros que había comenzado protegiendo peregrinos se había convertido en una institución internacional.

Y entonces llegó 1291.

Acre cayó ante las fuerzas musulmanas.

Era el último gran bastión cruzado en Tierra Santa.

Los templarios abandonaron la región y se establecieron principalmente en Chipre y en sus posesiones europeas.

La razón original de su existencia había desaparecido.

Pero la Orden seguía siendo poderosa.

Demasiado poderosa para algunos.

En Francia, el rey Felipe IV tenía un problema.

Estaba profundamente endeudado y necesitaba dinero.

Los templarios poseían riquezas.

Y el viernes 13 de octubre de 1307, Felipe ordenó arrestar simultáneamente a los templarios de Francia.

Las acusaciones fueron terribles: herejía, blasfemia y otros delitos.

Muchos fueron torturados para obtener confesiones.

El proceso se prolongó durante años.

Finalmente, en 1312, el papa Clemente V decretó la disolución de la Orden.

La institución que había sobrevivido a batallas, cruzadas y la pérdida de Jerusalén desaparecía oficialmente.

Dos años después, el 18 de marzo de 1314, Jacques de Molay, último gran maestre del Temple, fue llevado a la hoguera en París.

Con él desaparecía el último gran maestre de una orden que había comenzado casi dos siglos antes con unos pocos caballeros y un propósito muy concreto.

Pero la historia no terminó allí.

Porque cuando una institución desaparece de forma tan brusca, deja algo detrás.

Historias.

Rumores.

Tesoros que nadie encontró.

Secretos que nadie pudo demostrar.

Y, con el paso de los siglos, una leyenda cada vez más grande que la propia Orden.

Los templarios habían muerto.

Pero su nombre acababa de empezar otra vida.

Mucho tiempo después, en unas logias de hombres que ya no eran caballeros ni combatían en Tierra Santa, volverían a aparecer sus cruces, sus espadas y su nombre.

La historia del Temple había terminado.

La leyenda templaria acababa de comenzar.

7. Francmasonería — De las herramientas de cantero a la leyenda templaria

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Cuando Jacques de Molay murió en la hoguera en 1314, la Orden del Temple ya había desaparecido: el papa la había disuelto dos años antes.

No hubo una última fortaleza secreta.

No existe una cadena documental que demuestre que los templarios continuaran organizados en la sombra.

Pero el nombre sobrevivió.

Y cuatro siglos después, alguien volvería a colocarlo junto a una espada, una cruz y un nuevo tipo de hermandad.

Para entender cómo ocurrió hay que retroceder primero hasta mucho antes.

Durante la Edad Media, los constructores que levantaban catedrales y castillos trabajaban organizados en logias. Allí aprendían el oficio, guardaban sus conocimientos y utilizaban las herramientas propias de su trabajo: la escuadra, el compás, el nivel y la plomada.

Eran herramientas reales.

Servían para medir, comprobar ángulos y levantar edificios.

Pero con el paso del tiempo las logias comenzaron a cambiar.

En el siglo XVII empezaron a entrar en ellas hombres que no eran canteros.

Eran comerciantes, aristócratas y personas interesadas en aquella tradición de reuniones privadas, ceremonias y símbolos.

Las herramientas seguían allí.

Pero empezaban a significar otra cosa.

La escuadra podía representar la rectitud.

El compás, los límites que debía imponerse un hombre.

Los instrumentos que antes servían para construir edificios empezaban a utilizarse para hablar de cómo construir una vida.

La transformación dio un paso decisivo en 1717.

Ese año, representantes de cuatro logias londinenses se reunieron en la taberna Goose and Gridiron y fundaron la Gran Logia de Londres.

La masonería organizada entraba en una nueva etapa.

Seis años después, en 1723, el pastor James Anderson publicó sus Constituciones.

El documento recogía reglas para las logias, pero también contaba una historia mucho más antigua del oficio.

Una historia que llevaba sus raíces hasta los constructores del Templo de Salomón.

La masonería ya tenía una tradición.

Lo que todavía no tenía era a los templarios.

Eso cambiaría unos años después.

En 1737, en París, el escocés Andrew Michael Ramsay pronunció un famoso discurso ante una logia.

En él presentó a los masones como herederos espirituales de los caballeros que habían participado en las Cruzadas.

No aportó pruebas de una continuidad histórica.

Pero la idea resultó extraordinariamente poderosa.

Si la masonería podía reclamar un pasado relacionado con los caballeros medievales, sus rituales y símbolos adquirían una antigüedad mucho mayor.

Y entre aquellas órdenes de caballeros había una cuyo nombre tenía un atractivo especial.

El Temple.

Durante las décadas siguientes, la leyenda fue creciendo.

En 1751, el barón Karl Gotthelf von Hund creó en Alemania el llamado Rito de la Estricta Observancia.

Von Hund afirmaba haber recibido su iniciación de una organización templaria secreta y hablaba de unos misteriosos "superiores desconocidos" que dirigirían la verdadera estructura de la masonería.

Nunca pudo demostrarlo.

Pero para entonces ya no importaba demasiado.

La historia había empezado a convertirse en tradición.

Durante la segunda mitad del siglo XVIII aparecieron ritos masónicos que incorporaron grados relacionados con los templarios.

En 1791, en Inglaterra, Thomas Dunckerley organizó el primer Gran Cónclave, que dio a ese grado de Caballero Templario una estructura formal y estable.

La figura del Caballero Templario dejó de pertenecer exclusivamente a los libros de historia y pasó a formar parte de ceremonias, símbolos y rituales.

Aparecieron capas.

Cruces.

Espadas ceremoniales.

Nombres de caballeros.

Pero había una diferencia fundamental.

Aquellos hombres no eran los templarios que habían combatido en Jerusalén.

Eran masones de varios siglos después que habían decidido recuperar su imagen.

La conexión era simbólica.

No una continuidad histórica demostrada.

Y quizá precisamente por eso la leyenda resultó tan resistente.

Porque los símbolos pueden sobrevivir mucho más tiempo que las instituciones que los crearon.

La espada dejó de ser un arma de guerra y pasó a convertirse en una pieza ceremonial.

La cruz dejó de identificar a un caballero en Tierra Santa y pasó a formar parte de un ritual.

El nombre del Temple, que había desaparecido de la historia durante siglos, regresó convertido en algo diferente.

Una tradición.

Una leyenda.

Un lenguaje de símbolos.

Y entonces ocurrió algo que siempre sucede cuando una buena historia encuentra un misterio.

La cultura popular la hizo todavía más grande.

Durante los siglos XIX y XX, novelas, ensayos y relatos de sociedades secretas comenzaron a mezclar templarios, masones, tesoros perdidos y conocimientos ocultos.

Mucho después llegarían el cine, los videojuegos y las grandes novelas de conspiraciones.

La imagen del templario como guardián de un secreto antiguo se hizo universal.

Pero la realidad histórica es bastante más sencilla.

La Orden del Temple desapareció en el siglo XIV.

La masonería organizada apareció siglos después.

Y la conexión entre ambas pertenece al terreno de la tradición masónica y la leyenda, no al de una continuidad histórica demostrada.

Y quizá ahí esté la última lección de nuestro recorrido.

Durante siglos, las armas cambiaron.

El bronce dejó paso al hierro.

La lanza se convirtió en sarisa.

El gladio dominó los campos de batalla romanos.

La espada medieval se enfrentó a la armadura.

La daga buscó sus puntos débiles.

Y después, poco a poco, las armas dejaron de ser solamente herramientas para matar.

Algunas se convirtieron en símbolos.

Una espada ceremonial ya no necesita derrotar a nadie.

Una cruz ya no necesita marchar hacia Jerusalén.

Una escuadra ya no necesita levantar una catedral.

Pero siguen contando historias.

Historias de hombres, de guerras, de instituciones y también de leyendas que sobrevivieron a quienes las crearon.

Porque quizá ese sea el verdadero viaje que hemos hecho desde Grecia hasta aquí:

del arma que se empuña al símbolo que se recuerda.

8. El hilo conductor — Del arma al símbolo

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Durante siglos, un guerrero pudo reconocer el mundo que le rodeaba por el sonido del metal.

El bronce de los hoplitas griegos.

El hierro de las espadas romanas.

Los escudos y hachas de los guerreros del norte.

La malla y las espadas de los caballeros medievales.

El acero de las armaduras.

Y, finalmente, las cruces y espadas de los templarios.

Cada época dejó sus propias armas.

Pero ninguna apareció por casualidad.

El hoplita griego aprendió a combatir unido porque su escudo le obligaba a confiar en el hombre que tenía al lado.

La falange macedonia llevó aquella idea todavía más lejos con una lanza tan larga que transformó por completo la distancia del combate.

Roma observó las armas de otros pueblos, las adaptó y construyó con ellas una máquina militar capaz de dominar el Mediterráneo.

Los vikingos utilizaron herramientas, lanzas, hachas y espadas para convertirse en guerreros, comerciantes y exploradores que recorrieron una parte extraordinaria del mundo conocido.

Después llegó el caballero medieval.

Durante siglos, espada y armadura mantuvieron una lucha silenciosa.

Cuando la protección mejoraba, el arma buscaba una nueva respuesta.

Cuando la espada dejaba de ser suficiente, aparecía la daga.

Cuando la armadura encontraba una defensa, alguien buscaba una nueva forma de atravesarla.

Era una carrera que nunca terminaba.

Hasta que las armas de fuego comenzaron a cambiar las reglas del combate y aquel mundo de acero empezó a desaparecer.

Pero algunas cosas sobrevivieron.

La espada dejó de ser necesaria para la batalla y empezó a convertirse en símbolo.

La cruz dejó de señalar a un ejército y pasó a representar una historia.

Los antiguos instrumentos de los constructores se transformaron en símbolos de una nueva tradición.

Y los templarios, desaparecidos en el siglo XIV, regresaron siglos después convertidos en protagonistas de una leyenda que nunca dejó de crecer.

Por eso, cuando hoy contemplamos una espada, un casco, una armadura o una cruz, estamos viendo mucho más que un objeto.

Estamos viendo el resultado de una necesidad.

De una época.

De una forma de entender la guerra.

Y también de una forma de recordar el pasado.

Algunas piezas reproducen objetos históricos perfectamente documentados.

Otras recrean tradiciones que sobrevivieron durante siglos.

Y algunas pertenecen directamente al mundo de la leyenda.

La clave está en saber distinguirlas.

Porque la historia resulta todavía más interesante cuando no necesitamos inventarla.

Un casco vikingo sin cuernos puede contar una historia fascinante.

Una espada romana puede llevarnos hasta Hispania.

Una armadura puede mostrarnos la carrera entre el ataque y la defensa.

Una cruz templaria puede recordarnos una orden que desapareció hace más de setecientos años.

Y una espada ceremonial puede demostrar que, cuando un arma deja de ser necesaria para luchar, todavía puede conservar el poder de representar algo.

Ese es el hilo que une todo este recorrido.

Del bronce al hierro.

Del hierro al acero.

Del arma al símbolo.

Y de la historia a la leyenda.

Porque detrás de cada pieza hay una historia.

Y algunas merecen ser contadas.

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1. EL CASCO QUE NO ERA CÓMODO

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2. EL ESCUDO QUE NO PODÍA PROTEGERLO TODO

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3. CUANDO LOS HOMBRES EMPEZARON A LUCHAR COMO UNO SOLO

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1. La espada que Roma encontró en Hispania

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La masonería nació de los gremios de canteros medievales, y sus herramientas de trabajo, como la escuadra, el compás, el nivel y la plomada, acabaron convertidas en símbolos.

El gran escudo del hoplita, el hoplón, se sujetaba con el antebrazo izquierdo y dejaba descubierto el costado derecho: cada soldado buscaba cubrirse con el escudo del compañero de al lado, algo que ya describió Tucídides.

El historiador Tito Livio cuenta que, hacia el 200 a. C., las tropas macedonias quedaron aterrorizadas al ver por primera vez los cuerpos destrozados por el gladius.

Las espadas más codiciadas de la época vikinga, las Ulfberht, probablemente ni se forjaban en Escandinavia: se atribuyen a talleres francos de la región del Rin.

En 1139, el Segundo Concilio de Letrán prohibió usar el arco y la ballesta entre cristianos, por ser un «arte mortífero y odioso a Dios». La prohibición no sirvió de nada.

La cruz de una espada no solo protege los dedos del arma contraria: también impide que la mano resbale hacia la hoja al dar una estocada.

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Imagen: Wikimedia Commons – Jagiellonian Ms.Germ.Quart.16 (Gladiatoria) 07r - Longsword in armor.jpg — Autor desconocido (obra); Wiktenauer (fuente) — Public Domain Mark 1.0 / Public Domain

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