Hasta ahora hemos visto la espada en manos de griegos, romanos, vikingos y caballeros.
La hemos visto cambiar de forma, de tamaño y de función.
Pero antes de continuar hacia el Temple merece la pena detenerse un momento y mirar una espada de cerca.
Porque casi ninguna de sus partes está ahí por casualidad.
Empecemos por el extremo más alejado de la hoja.
El pomo parece, a primera vista, un simple remate decorativo. Puede serlo en algunas armas, pero su función es mucho más importante: ayuda a equilibrar la espada y permite controlar mejor una hoja que, en muchos casos, pesa más de un kilo.
En el otro extremo está la guarda o cruz.
Protege la mano, pero también cumple otra función esencial: impide que la mano resbale hacia la hoja y ayuda a controlar el arma cuando las espadas chocan.
Entre ambas piezas está la empuñadura.
Y después comienza la hoja.
Durante siglos, las hojas fueron adoptando formas diferentes porque los guerreros necesitaban resolver problemas diferentes.
Una hoja relativamente ancha resulta eficaz cuando el enemigo lleva poca protección.
Pero cuando la armadura empieza a cubrir el cuerpo con placas de acero, la situación cambia.
Ya no basta con golpear más fuerte.
Hay que encontrar un lugar donde el acero no esté.
Las hojas empiezan a hacerse más estrechas y las puntas adquieren cada vez más importancia.
Y aquí aparece uno de los mitos más persistentes de la cultura popular.
El llamado "canal de sangre".
Muchas espadas tienen una hendidura longitudinal en la hoja y durante generaciones se ha contado que servía para permitir que la sangre saliera del cuerpo de la víctima.
No es así.
Su función es principalmente estructural: permite reducir parte del peso de la hoja manteniendo una buena resistencia, de una manera comparable al principio utilizado en determinadas estructuras de ingeniería.
La espada, una vez más, no está diseñada para impresionar.
Está diseñada para funcionar.
Y cuando la armadura se hizo todavía más resistente, apareció un problema que la espada no siempre podía resolver.
Imaginemos ahora a dos hombres completamente acorazados.
Uno consigue derribar al otro.
El enemigo está en el suelo, pero su armadura sigue protegiéndolo.
Una espada ancha tiene dificultades para encontrar un punto vulnerable.
Hace falta algo diferente.
Una hoja más corta.
Más estrecha.
Más rígida.
Una hoja que pueda entrar por una abertura.
Hacia mediados del siglo XIII aparece la daga de misericordia, asociada en la tradición medieval a los golpes dirigidos contra los puntos vulnerables de un adversario derribado: las rendijas del yelmo, las axilas o las zonas donde las placas dejaban espacio para permitir el movimiento.
Con el tiempo, esa lógica se perfeccionaría.
Durante los siglos XIV y XV se extendió la daga rondel, fácilmente reconocible por sus discos circulares en la empuñadura.
Ya no era simplemente una pequeña espada.
Era una herramienta especializada para un mundo en el que cada vez había más acero entre el hombre y su enemigo.
Y aquí podemos ver algo que se ha repetido desde el principio de nuestra historia.
El arma cambia porque el enemigo cambia.
El escudo griego había condicionado la falange.
La falange macedonia había respondido a nuevas necesidades.
Roma había encontrado en el gladio un arma adecuada para su propia forma de combatir.
La armadura medieval había obligado a modificar las espadas.
Y ahora la daga buscaba aquello que la armadura no podía proteger.
Por eso una espada histórica no debería mirarse solamente como un objeto.
Su forma cuenta una historia.
Una hoja ancha nos habla de un tipo de enemigo.
Una punta estrecha nos habla de otro.
Una guarda sencilla pertenece a una época y una forma de combatir; una empuñadura más compleja puede responder a necesidades completamente diferentes.
Incluso el peso y el equilibrio nos dicen algo sobre cómo fue concebida.
Cuando miramos una espada, en realidad estamos mirando el resultado final de una conversación que duró siglos.
El arma pregunta. La armadura responde. Y el arma vuelve a cambiar.
Pero hay un momento en la historia en el que la espada deja de ser solamente un arma.
Empieza a convertirse también en un símbolo.
Una cruz sobre un manto blanco.
Una espada al cinto.
Un caballero que ya no lucha únicamente por sí mismo, sino como miembro de una institución.
Europa está a punto de conocer a los hombres que convertirán esa combinación de fe, disciplina y guerra en una de las órdenes militares más famosas de la historia.
Los templarios.
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