Historia Militar

MCA-001 Cañón de Napoleón en Miniatura, Sistema Gribeauval – Francia 1806, 17 cm
Cañón de Napoleón en Miniatura, Sistema Gribeauval – Francia 1806, 17 cm
31,50 €
MCA-002 Bayoneta M4 de la carabina M1 con vaina M8A1 – EE. UU., 2.ª Guerra Mundial
Bayoneta M4 de la carabina M1 con vaina M8A1 – EE. UU., 2.ª Guerra Mundial
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MCA-004 Cañón naval británico del siglo XVIII en miniatura, 28 cm
Cañón naval británico del siglo XVIII en miniatura, 28 cm
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MCA-005 Abrecartas espada medieval francesa con funda de flores de lis, 29 cm
Abrecartas espada medieval francesa con funda de flores de lis, 29 cm
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PIC-001 Pistola de chispa zurda con escudo de Napoleón – Francia, finales del s. XVIII
Pistola de chispa zurda con escudo de Napoleón – Francia, finales del s. XVIII
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PIC-002 Pistola de percusión francesa, 1832
Pistola de percusión francesa, 1832
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PIC-003 pistola gris de 4 cañones
pistola gris de 4 cañones
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PIC-004 Pistola italiana de 1825
Pistola italiana de 1825
52,92 €
PIC-005 Pistola una percusión
Pistola una percusión
52,92 €
PIC-006 Pistola de Chispa de 2 Cañones de Napoleón – Saint-Étienne, Francia 1806
Pistola de Chispa de 2 Cañones de Napoleón – Saint-Étienne, Francia 1806
88,20 €
PIC-007 Pistola de Chispa de Napoleón – Saint-Étienne, Francia 1806
Pistola de Chispa de Napoleón – Saint-Étienne, Francia 1806
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PSA-003 Pistola 92 F de 9 mm Parabellum – Italia 1975
Pistola 92 F de 9 mm Parabellum – Italia 1975
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PSA-005 Pistola 1911 negra calibre .45 USA (igual que la P1227), no desmontable.
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84,42 €
PSA-006 Pistola Luger P08 Parabellum con culata de madera, 30 cm
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PSL-003 Carabina Mauser 98k sin Correa – Alemania 1935
Carabina Mauser 98k sin Correa – Alemania 1935
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PSL-004 Fusil Lee-Enfield SMLE Mk III – Reino Unido 1907
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PSL-005 Subfusil PPSh-41 con Cargador de Tambor y Correa – Unión Soviética 1941
Subfusil PPSh-41 con Cargador de Tambor y Correa – Unión Soviética 1941
277,20 €
PSL-006 Fusil USM1 de 1940 + correa
Fusil USM1 de 1940 + correa
268,38 €
PSL-007 USM1 para 1940-1941 sin correa para el hombro
USM1 para 1940-1941 sin correa para el hombro
308,70 €
REV-001 Revólver Army 1860 de la Guerra de Secesión – EE. UU.
Revólver Army 1860 de la Guerra de Secesión – EE. UU.
90,72 €
REV-002 Revólver Python .357 Magnum 8" Negro – EE. UU. 1955
Revólver Python .357 Magnum 8" Negro – EE. UU. 1955
117,18 €
REV-004 Revólver MK4 calibre 38.200 año 1923
Revólver MK4 calibre 38.200 año 1923
84,42 €
REV-006 Revólver calibre .45, fabricado en EE. UU. en 1886.
Revólver calibre .45, fabricado en EE. UU. en 1886.
78,12 €
REV-007 Revólver de la Marina de EE. UU., 1851
Revólver de la Marina de EE. UU., 1851
88,20 €
REV-008 Revólver pitón 357 magnum 31 cm
Revólver pitón 357 magnum 31 cm
104,58 €
REV-009 Revólver de la Guerra Civil Estadounidense, 1860
Revólver de la Guerra Civil Estadounidense, 1860
90,72 €
REV-010 Revólver pitón 357 magnum 21 cm
Revólver pitón 357 magnum 21 cm
102,06 €
REV-011 Pistola larga y brillante de color gris
Pistola larga y brillante de color gris
81,90 €
REV-012 Revólver Smith & Wesson USA 1869
Revólver Smith & Wesson USA 1869
97,02 €

Réplicas históricas, de Napoleón al siglo XX

Réplicas de las piezas que marcaron la historia militar, de las guerras napoleónicas a las dos Guerras Mundiales y después.

  • Siglos XVIII y XIX: el mosquete Brown Bess con bayoneta, las pistolas y el fusil de chispa de Napoleón, un cañón en miniatura del sistema Gribeauval y el revólver del ejército de 1860 de la Guerra de Secesión.
  • Primera y Segunda Guerra Mundial: el fusil Lee-Enfield, la carabina Mauser 98k, el subfusil Thompson, la PPSh-41 soviética y la pistola M1911.
  • Después de 1945: el AK-47, el revólver Python .357 Magnum, la pistola 92 F y la Desert Eagle.

Todas son réplicas decorativas de metal y madera, sin capacidad de disparo: reproducen el aspecto, el tamaño y algunos mecanismos del original (carga, cerrojo, cargador extraíble), pero no pueden disparar. Se venden solo a mayores de 18 años y algunos países restringen su importación; la ficha de cada producto lo indica.

En la pestaña Historia te contamos quién diseñó estas piezas y qué papel tuvieron en su época.

1. La descarga y la bayoneta

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A finales del siglo XVII, un soldado de infantería tenía un problema. Su mosquete podía lanzar una bala de plomo contra el enemigo, pero después de disparar necesitaba tiempo para volver a cargarlo. Y si en ese momento aparecía la caballería, aquel hombre quedaba prácticamente indefenso.

Durante mucho tiempo, los ejércitos europeos habían resuelto el problema dividiendo la infantería en dos. Los mosqueteros disparaban y los piqueros, armados con largas picas, protegían a sus compañeros de las cargas de caballería. Cada uno tenía su función, pero ambos dependían del otro.

Entonces apareció una solución aparentemente sencilla: la bayoneta.

Las primeras eran de tapón y se introducían directamente en la boca del cañón. Servían como una lanza, pero tenían un inconveniente evidente: con ellas colocadas, el mosquete ya no podía disparar. La bayoneta de cubo resolvió el problema. Se colocaba alrededor del cañón y permitía seguir utilizando el arma de fuego con la bayoneta calada. De repente, el mismo soldado podía disparar al enemigo y, si este se acercaba demasiado, enfrentarse a él con el acero. Ya no necesitaba que un piquero lo protegiera, y poco a poco la pica fue desapareciendo de los campos de batalla. El soldado de infantería pasó a ser, al mismo tiempo, tirador y lancero.

Hacia 1722, el ejército británico fijó uno de los mosquetes que acabarían convirtiéndose en símbolo de toda una época: el Land Pattern, conocido popularmente como Brown Bess. Era un arma larga y pesada, de ánima lisa y con un calibre cercano a los 19 milímetros. Disparaba una bala esférica de plomo y utilizaba una llave de chispa.

Su funcionamiento era sencillo, aunque no siempre fiable. Al apretar el gatillo, el pedernal golpeaba una pieza de acero llamada rastrillo y producía una chispa. Esta encendía la pólvora de la cazoleta y el fuego pasaba hasta la carga principal del cañón. Cuando todo funcionaba, el disparo se producía en un instante. Pero si el pedernal estaba gastado o la pólvora se había humedecido, podía ocurrir algo muy diferente: un fogonazo en la cazoleta y ningún disparo. Bajo la lluvia, el barro y el humo del campo de batalla, esos fallos eran frecuentes.

Y volver a disparar requería tiempo. El soldado mordía un cartucho de papel que contenía la pólvora y la bala, cebaba la cazoleta, vertía la pólvora por la boca del cañón, introducía la bala envuelta en el papel y utilizaba la baqueta para empujarla hasta el fondo. Solo entonces podía volver a disparar. Un hombre bien instruido alcanzaba tres o cuatro disparos por minuto en condiciones ideales; en combate, entre el humo, el cansancio y el miedo, lo habitual eran dos o tres.

Además, el mosquete no era un arma precisa. Su cañón era liso y utilizaba una bala esférica, así que acertar deliberadamente a un hombre concreto a cierta distancia resultaba muy difícil. Los ejércitos encontraron una solución: no necesitaban que cada soldado acertara por separado.

Necesitaban que todos disparasen juntos.

La infantería se organizó en grandes líneas de dos o tres filas. Los hombres avanzaban hombro con hombro, esperaban la orden y disparaban al mismo tiempo. La precisión individual importaba menos cuando cientos de balas volaban hacia el mismo objetivo. Después llegaba la bayoneta. La guerra de esta época convirtió así la disciplina en una de las grandes armas de la infantería: el soldado debía mantenerse en su posición, cargar, disparar y avanzar cuando recibía la orden. El mosquete podía ser imperfecto, pero una formación entera actuando como una sola unidad resultaba devastadora.

Francia siguió un camino parecido. Su fusil de 1777 y la versión revisada del año IX de la República, que equipó a la infantería de Napoleón, utilizaban el mismo principio. Su calibre era algo menor, alrededor de 17,5 milímetros, pero sus limitaciones eran similares. Durante las guerras napoleónicas, británicos y franceses combatieron con armas de una misma generación tecnológica, y la diferencia la marcaron la instrucción, la táctica y la moral de sus ejércitos.

En 1815, en Waterloo, aquella forma de combatir vivió uno de sus momentos más conocidos. Cuando la caballería francesa cargaba contra las posiciones británicas, los soldados formaban cuadros, cerrando sus filas hasta crear una masa compacta de hombres y bayonetas. Para los jinetes era una barrera difícil de atravesar, y los caballos se resistían a lanzarse contra una formación erizada de acero.

El pequeño tubo de hierro que había empezado sustituyendo a la pica había terminado transformando la forma de combatir de la infantería. La pica estaba ahora en el extremo de su propio mosquete.

Pero aquel mundo se acercaba a su final. La cápsula fulminante haría más fiable la ignición y los cañones rayados aumentarían enormemente la precisión. El viejo ritual de morder el cartucho, cebar la cazoleta, cargar por la boca y golpear con la baqueta empezaba a tener los días contados.

2. El artillero que llegó a emperador

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Durante la guerra de los Siete Años, un oficial francés llamado Jean-Baptiste Vaquette de Gribeauval pasó varios años sirviendo en el ejército austríaco, entonces aliado de Francia. Allí descubrió algo que iba a cambiar para siempre su manera de entender la artillería.

Los cañones austríacos eran más ligeros y estaban mejor organizados. Podían acompañar al ejército en lugar de arrastrarse lentamente detrás de él. Gribeauval regresó a Francia convencido de que sus compatriotas necesitaban hacer lo mismo, y en 1765 tuvo la oportunidad: una real orden de 15 de octubre puso en marcha su nuevo sistema de artillería.

Los cambios no parecían espectaculares a primera vista, pero juntos suponían una auténtica transformación. Los cañones de campaña quedaron reducidos a tres calibres principales, de 4, 8 y 12 libras, además de un obús. Los tubos se hicieron más cortos y ligeros, y se incorporaron un tornillo para regular la elevación y un alza graduada para mejorar la puntería.

Pero lo más importante estaba en algo mucho menos visible. Las cureñas, las ruedas, los ejes y los armones empezaron a fabricarse con medidas normalizadas. Una rueda rota podía sustituirse por la de otro cañón, y el mantenimiento en plena campaña dejó de ser un quebradero de cabeza. La idea era simple: una artillería más ligera, más manejable y más fácil de mantener.

Sin embargo, cambiar una tradición militar nunca es sencillo. El nuevo sistema encontró una fuerte resistencia dentro del propio cuerpo de artillería y su implantación quedó paralizada durante algunos años. Solo a partir de 1776, cuando Gribeauval asumió la inspección general de la artillería, sus reformas terminaron imponiéndose.

Y mientras aquel sistema transformaba los cañones franceses, un joven empezaba a formarse dentro de ese mundo.

Su nombre era Napoleón Bonaparte.

En 1785 salió de la Escuela Militar de París como subteniente de artillería. Todavía no era el hombre que acabaría dominando buena parte de Europa, pero había elegido una especialidad que iba a marcar su carrera. En diciembre de 1793, durante el asedio de Tolón, entonces en manos británicas, tuvo su primera gran oportunidad: organizó las baterías francesas hasta dominar la rada y obligar a la flota enemiga a retirarse. El éxito tuvo consecuencias inmediatas. Con solo 24 años fue ascendido a general de brigada.

Cuando llegó al poder, Napoleón empezó a utilizar los cañones de una manera cada vez más agresiva. En lugar de repartirlos de forma uniforme a lo largo del frente, los concentraba en un punto decisivo y acumulaba allí una enorme potencia de fuego. Si una posición enemiga era demasiado fuerte para atacarla directamente, primero había que golpearla con la artillería; una vez abierta la brecha, la infantería y la caballería podían aprovecharla. En 1809, en la batalla de Wagram, llegó a reunir cerca de un centenar de piezas en una sola batería.

El cañón ya no era solo un arma de apoyo. Era el martillo que rompía la línea enemiga.

La artillería napoleónica tampoco permaneció igual durante todas sus campañas. En 1803 apareció el llamado sistema del año XI, que introdujo nuevas piezas, entre ellas el cañón de 6 libras, y durante las guerras napoleónicas esos modelos convivieron con los de Gribeauval.

Mientras los grandes cañones dominaban el campo de batalla, oficiales y jinetes llevaban armas mucho más pequeñas. Las pistolas de chispa eran el arma corta de la caballería, que las llevaba en fundas a ambos lados de la silla, y compartían con los mosquetes una limitación fundamental: después de cada disparo había que volver a cargarlas por la boca, algo casi imposible a lomos de un caballo. Por eso algunas se fabricaban con dos cañones, que ofrecían un segundo disparo inmediato. En manos de oficiales y altos cargos, además, el arma podía convertirse en símbolo de autoridad. Armeros como Nicolas-Noël Boutet, al frente de la manufactura de Versalles, fabricaron para el Imperio piezas ricamente decoradas que hoy se conservan en museos.

Gribeauval había trabajado para resolver un problema que parecía puramente técnico: conseguir que los cañones pudieran moverse con el ejército. Napoleón llevó aquella solución mucho más lejos, hasta convertir la artillería en el arma que decidía dónde y cuándo golpear.

Gribeauval construyó la herramienta. Napoleón aprendió a utilizarla.

3. Seis disparos sin recargar

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Para que existiera el revólver, primero tuvo que desaparecer el pedernal.

A comienzos del siglo XIX, las armas de fuego empezaban a abandonar la vieja llave de chispa. En 1807, un clérigo escocés aficionado a la caza, Alexander Forsyth, patentó un sistema de ignición basado en fulminantes, compuestos que detonan con un simple golpe. Poco después apareció la cápsula fulminante, un pequeño capuchón de cobre que se colocaba en el arma en un segundo y que resultaba mucho más fiable frente a la humedad. Parecía un cambio pequeño, pero abría la puerta a una nueva generación de armas.

Antes de Samuel Colt ya habían existido armas de varios cañones y algunos tambores giratorios. El problema era conseguir que el mecanismo funcionara de forma práctica y fiable. Colt, un joven de Connecticut, contaría años después que la idea le vino a bordo de un barco, observando el movimiento de la rueda del timón, y que talló en madera su primer modelo durante la travesía. Si fue así o forma parte de la leyenda que él mismo cultivó, no lo sabemos. Lo que sí sabemos es la solución que encontró: al amartillar el arma, el propio mecanismo hacía girar el tambor y lo dejaba perfectamente alineado con el cañón.

Colt patentó su sistema en Inglaterra en 1835 y en Estados Unidos al año siguiente. Pero inventar un mecanismo no significaba convertirlo en negocio, y su primera fábrica, en Paterson (Nueva Jersey), quebró en 1842.

Parecía que la historia podía terminar allí. Pero entonces llegó una guerra.

Durante el conflicto entre Estados Unidos y México, el capitán de los Texas Rangers Samuel Walker buscaba un arma potente, capaz de ofrecer varios disparos seguidos. Se puso en contacto con Colt, y de aquella colaboración nació en 1847 un enorme revólver que devolvió la fortuna al inventor y le permitió levantar su gran fábrica de Hartford.

La evolución culminó con el Colt Army Model 1860, un revólver del calibre .44 con seis recámaras y un cañón de ocho pulgadas. Era más ligero que los grandes modelos anteriores y podía llevarse en una funda de cinturón. Pero todavía no era un arma de cartuchos. Cada recámara se cargaba por separado: primero la pólvora, después la bala, que se asentaba con la palanca situada bajo el cañón, y por último una cápsula fulminante en cada chimenea. Era un proceso lento, pero una vez cargado, aquel tambor guardaba algo que pocas décadas antes habría parecido extraordinario: seis disparos listos para usarse uno detrás de otro.

En 1861 comenzó la Guerra de Secesión y el Army 1860 se convirtió en uno de los principales revólveres de la Unión. El ejército federal adquirió más de cien mil unidades, destinadas sobre todo a la caballería. Para un jinete, poder disparar varias veces sin detenerse a recargar marcaba una diferencia enorme. El arma apareció también en el bando confederado, con ejemplares comprados antes de la guerra o capturados al enemigo.

Samuel Colt no llegó a ver el final de aquel conflicto. Murió en enero de 1862, cuando la guerra todavía estaba lejos de terminar. Su revólver sí continuó su camino.

Terminada la guerra, el Army 1860 acompañó a soldados y colonos en la expansión hacia el Oeste. Mientras tanto, la tecnología seguía avanzando, y la siguiente gran transformación estaba escondida en algo aparentemente sencillo: un cartucho metálico que reunía en una sola pieza la bala, la pólvora y el fulminante. La avancarga empezó a quedar atrás. Muchos revólveres se transformaron para usar cartuchos y, en 1873, Colt presentó el Single Action Army, que acabaría convertido en uno de los grandes iconos del Oeste. Mucho después, las novelas populares y el cine fijaron para siempre la imagen del revólver al cinto, aunque las películas no siempre respetaran las fechas y mezclaran armas de épocas distintas.

Colt no había inventado el revólver desde cero. Lo que consiguió fue algo más difícil: convertir una idea que otros habían intentado en un mecanismo práctico, fiable y capaz de fabricarse en serie.

Y eso fue lo que cambió la historia.

4. Duelo de cerrojos

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A finales del siglo XIX, el soldado de infantería ya había dejado atrás el mundo del mosquete. Los cartuchos metálicos habían sustituido a la pólvora y la bala cargadas por separado, y los fusiles de cerrojo, que existían desde mediados de siglo, ya se habían convertido en fusiles de repetición, con varios cartuchos guardados dentro del arma. El problema ya no era cómo cargar.

Era cuántos disparos llevar y a qué velocidad hacerlos.

El mecanismo parecía sencillo. El soldado levantaba el cerrojo, lo echaba hacia atrás para expulsar la vaina vacía, empujaba un cartucho nuevo hacia la recámara y volvía a cerrarlo. Pero pequeñas diferencias en el diseño podían cambiar por completo la velocidad y la forma de utilizar el arma, y dos de esas diferencias acabaron enfrentadas en las trincheras.

Gran Bretaña encontró su respuesta en el sistema de James Paris Lee, un inventor escocés establecido en Norteamérica, que diseñó un cerrojo con un cargador de caja independiente. Combinado con el rayado desarrollado en la fábrica real de Enfield, dio lugar al Lee-Enfield. Su versión más famosa, el Short Magazine Lee-Enfield Mk III, se adoptó en 1907. Era un fusil relativamente corto y su cargador admitía diez cartuchos, el doble que muchos de sus rivales.

Pero la capacidad no era su única ventaja. El cerrojo tenía un recorrido corto y se montaba al cerrarlo, de modo que un soldado entrenado podía accionarlo con enorme rapidez sin retirar el fusil del hombro. El ejército británico convirtió aquella característica en una auténtica habilidad de combate. Sus soldados practicaban el llamado mad minute: al menos quince disparos apuntados en un minuto contra un blanco situado a 300 yardas. Los mejores tiradores superaban con creces esa cifra.

Al otro lado del mar del Norte se desarrollaba otra filosofía. En Alemania, Paul Mauser y su hermano Wilhelm llevaban años perfeccionando el fusil de cerrojo, y en 1898 el ejército alemán adoptó el Gewehr 98. Su cargador interno contenía solo cinco cartuchos, pero su cerrojo era extraordinariamente robusto: dos grandes tetones de acerrojamiento en la parte delantera y un extractor que mantenía sujeto el cartucho durante todo el recorrido.

El diseño tuvo una enorme influencia internacional, y España lo conocía bien. El ejército español usaba el Mauser modelo 1893, y en 1898, en las colinas de San Juan, durante la guerra con Estados Unidos, sus fusiles tuvieron un papel protagonista. Las cifras de aquel combate se han contado de muchas maneras, pero el rendimiento del Mauser español impresionó a los estadounidenses. Poco después, su nuevo fusil, el Springfield de 1903, incorporó soluciones del sistema Mauser, y Estados Unidos acabó pagando a la firma alemana por el uso de sus patentes.

En 1914, los dos sistemas se encontraron en la Gran Guerra. En los primeros combates, en Mons y durante la retirada británica posterior, la velocidad de fuego de los fusileros británicos alimentó una de las grandes historias de aquella guerra. Se cuenta que algunos alemanes creyeron estar frente a ametralladoras cuando en realidad se enfrentaban al fuego rápido de los fusileros. La historia se convirtió en leyenda, aunque los testimonios son dispersos y las unidades británicas también contaban con algunas ametralladoras.

La rivalidad no terminó en 1918. En Alemania, el Gewehr 98 evolucionó hasta convertirse en la Karabiner 98k, adoptada en 1935. Aunque su nombre hablaba de una carabina, era en realidad un fusil de longitud intermedia. Fue el arma básica del soldado alemán durante la Segunda Guerra Mundial y, con mira telescópica, también la de sus francotiradores. Gran Bretaña, mientras tanto, siguió confiando en el Lee-Enfield, que desde 1926 se llamaba oficialmente Rifle No. 1 Mk III, y a partir de 1941 fue sustituyéndolo por el No. 4, una versión modernizada y más sencilla de fabricar.

Durante casi medio siglo, dos filosofías habían seguido caminos diferentes. El Lee-Enfield apostaba por la capacidad de su cargador y la rapidez de su cerrojo; el Mauser, por la robustez de su mecanismo. Ninguno de los dos inventó el fusil de cerrojo, pero los dos lo llevaron a su forma más acabada.

No hubo un vencedor absoluto en aquel duelo. Los dos fusiles sirvieron en dos guerras mundiales, y todavía hoy, a su manera, siguen siendo la referencia de lo que un fusil de cerrojo puede llegar a ser.

5. El calibre .45

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A comienzos del siglo XX, el ejército de Estados Unidos tenía un problema. Sus soldados combatían en Filipinas y muchos oficiales consideraban que el revólver reglamentario, de calibre .38, no tenía suficiente capacidad para detener a un atacante decidido a corta distancia.

En 1904, el capitán John T. Thompson y el médico militar Louis La Garde realizaron una serie de ensayos para estudiar qué calibre debía utilizar la nueva arma corta del ejército. Su conclusión fue clara: debía ser, como mínimo, un calibre .45.

El ejército abrió entonces un concurso. Entre los diseñadores que acudieron estaba John Moses Browning, uno de los grandes nombres de la historia de las armas de fuego, que presentó una pistola semiautomática fabricada por Colt y con un cartucho diseñado para ella: el .45 ACP.

La prueba definitiva no consistía solo en comprobar cómo disparaba. Había que comprobar cuánto podía resistir. Durante los ensayos, la pistola de Browning disparó seis mil cartuchos sin un solo fallo, mientras su rival acumulaba averías. El resultado fue decisivo, y el 29 de marzo de 1911 el ejército estadounidense adoptó la nueva pistola como M1911. A mediados de los años veinte recibió una serie de retoques y pasó a denominarse M1911A1.

Pero el .45 no iba a quedarse dentro de una pistola.

El mismo Thompson que había impulsado aquel calibre pensaba ahora en algo distinto. Durante la Primera Guerra Mundial imaginó un arma automática ligera que usara la munición de pistola y pudiera «barrer» una trinchera a corta distancia. En 1916 fundó la empresa Auto-Ordnance para desarrollarla, y al resultado le dio un nombre que no existía hasta entonces: submachine gun, subfusil. La guerra, sin embargo, terminó antes de que su arma llegara a los campos de batalla europeos.

Thompson tuvo que esperar.

El arma salió al mercado civil en 1921 y encontró primero un escenario muy distinto al que su creador había imaginado. Durante la Ley Seca, las bandas criminales de ciudades como Chicago la adoptaron, y la prensa empezó a llamarla Tommy gun o Chicago Typewriter, «la máquina de escribir de Chicago». La matanza de San Valentín de 1929 terminó de fijar aquella imagen.

Su destino militar llegó después. La Armada estadounidense adoptó el Model of 1928 y el ejército incorporó el Thompson a finales de los años treinta. Con la Segunda Guerra Mundial llegó la producción a gran escala: primero el M1928A1, que podía usar cargadores de tambor o rectos, y desde 1942 las versiones M1 y M1A1, simplificadas para fabricarse más deprisa y pensadas solo para cargadores rectos, más fiables en campaña. Veinticinco años después de concebirlo para las trincheras, el arma de Thompson llegaba por fin a la guerra.

Y entonces se cerró el círculo. La pistola de Browning y el subfusil de Thompson compartían el mismo cartucho. El .45 ACP que alimentaba la pistola en la funda de un oficial alimentaba también el arma automática del soldado que avanzaba a su lado, en Europa, en el Pacífico y, años después, en Corea.

El subfusil acabó cediendo el paso a armas más modernas. La pistola resistió mucho más. Atravesó dos guerras mundiales, Corea y Vietnam, y las fuerzas armadas estadounidenses llegaron a reunir unos 2,7 millones de unidades. Cuando en 1985 dejó de ser el arma corta reglamentaria, habían pasado setenta y cuatro años desde aquella decisión de 1911.

Todo había empezado con una pregunta sencilla sobre el calibre de una pistola. La respuesta acabó armando a varias generaciones de soldados.

6. Fabricar para ganar

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En el verano de 1941, Alemania invadió la Unión Soviética y, en pocos meses, el Ejército Rojo perdió una enorme cantidad de hombres y armamento. Mientras el país intentaba contener el avance alemán, la industria soviética se enfrentaba a otro desafío: trasladar fábricas enteras más allá de los Urales y, al mismo tiempo, seguir produciendo armas para una guerra que no daba tregua.

En aquellas circunstancias, ya no bastaba con diseñar un arma buena. Tenía que poder fabricarse rápido, con pocas herramientas y en cantidades enormes.

El Ejército Rojo utilizaba entonces el PPD-40, un subfusil de buena calidad pero caro y lento de fabricar, con numerosas piezas mecanizadas. La solución llegó de la mano de Gueorgui Shpaguin, que diseñó un arma pensada desde el principio para la producción en masa: el PPSh-41.

Buena parte de sus piezas eran de chapa de acero estampada, y necesitaba aproximadamente la mitad de horas de mecanizado que su predecesor. Incluso el cañón, cromado por dentro, estaba pensado para soportar el desgaste y una munición de calidad variable. El resultado era un arma sencilla, resistente y extraordinariamente rápida: disparaba el cartucho de pistola 7,62 × 25 Tokarev a una cadencia de alrededor de mil disparos por minuto, con un cargador de tambor de 71 cartuchos. Aquello tenía un precio, porque consumía munición a una velocidad enorme, y el tambor tendía a atascarse si se llenaba del todo. A partir de 1942 se añadió un cargador curvo de 35 cartuchos, más ligero y fiable.

Se fabricaron alrededor de seis millones de PPSh-41, y el subfusil se convirtió en una de las imágenes del soldado soviético de la guerra, de las ruinas de Stalingrado a las calles de Berlín. Incluso los alemanes apreciaron sus cualidades: utilizaron los ejemplares capturados y llegaron a adaptar algunos a su munición de 9 milímetros.

Pero la guerra seguía enseñando cosas. Los alemanes habían ensayado una idea nueva: un cartucho intermedio, menos potente que el de fusil pero más que el de pistola, con el que un soldado podía disparar en automático sin perder el control del arma a las distancias reales del combate. Los soviéticos tomaron nota y en 1943 desarrollaron el suyo, el 7,62 × 39. Solo faltaba el arma adecuada.

Fue entonces cuando apareció un hombre prácticamente desconocido.

Mijaíl Kaláshnikov era sargento de carros de combate cuando fue herido en octubre de 1941, en los combates de Briansk. Durante su convalecencia empezó a dibujar armas. No era ingeniero, pero consiguió abrirse camino hasta las oficinas soviéticas de diseño, y en 1947 su fusil ganó las pruebas. Dos años después, el ejército soviético lo adoptó oficialmente. Había nacido el AK, el fusil automático Kaláshnikov.

Su filosofía era heredera de la del PPSh. No buscaba una construcción delicada, sino pocas piezas, holguras generosas y un mecanismo capaz de seguir funcionando con suciedad, barro y frío. Un recluta podía aprender a usarlo en poco tiempo. Para paracaidistas y tripulaciones de vehículos, donde el espacio era escaso, se creó además una versión con culata metálica plegable, el AKS.

La primera versión tuvo problemas de fabricación con el cajón de mecanismos de chapa estampada, y durante algunos años se volvió a una construcción mecanizada. En 1959 llegó el AKM, que resolvió el problema con una chapa más ligera y fue la versión que se extendió por medio mundo. Fabricada en numerosos países, con licencia o sin ella, la familia Kaláshnikov alcanzó una difusión que ningún otro fusil ha igualado. Figura incluso en la bandera de Mozambique.

El PPSh-41 había llevado la producción industrial hasta el extremo. El AK aplicó aquella misma filosofía de sencillez a una nueva generación de armas. Entre los dos demostraron algo que la Segunda Guerra Mundial había dejado claro: la capacidad de fabricar un arma por millones podía ser tan decisiva como el arma misma.

7. Del cuartel a la pantalla

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Durante siglos, las armas habían nacido principalmente para una cosa: combatir. Pero en la segunda mitad del siglo XX empezó a ocurrir algo diferente. Algunas de las armas más reconocibles ya no se diseñaron pensando en una guerra, sino en la policía, el tiro deportivo o la caza. Y apareció un nuevo escenario capaz de convertirlas en iconos: la pantalla.

La historia empieza con un cartucho. En 1935, Smith & Wesson presentó el .357 Magnum, desarrollado junto a tiradores como Elmer Keith y Phil Sharpe. Era más largo y potente que el .38 Special, aunque de un calibre similar, y abrió una nueva categoría de munición para revólveres de alta potencia.

Veinte años después, en 1955, Colt lanzó su revólver de gama alta en ese calibre: el Python. No era un revólver corriente. Tenía una banda ventilada sobre el cañón, un contrapeso que recorría toda su parte inferior y un mecanismo ajustado a mano por armeros especializados. Su gatillo, suave y preciso, se convirtió en su rasgo más famoso. Lo usaron cuerpos policiales y tiradores de competición, y se ofreció en diferentes longitudes de cañón, de las más cortas a las de ocho pulgadas, destinadas al tiro y la caza. Su fama acabaría superando con mucho sus usos originales.

Mientras tanto, en Italia, otra historia estaba tomando forma. Beretta puede remontar documentalmente su actividad hasta 1526, cuando un maestro llamado Bartolomeo Beretta cobró por fabricar cañones de arcabuz para la República de Venecia. Cuatro siglos y medio después, en 1975, la empresa presentó la Beretta 92, una pistola de 9 mm Parabellum con cargador de 15 cartuchos y una característica corredera abierta en la parte superior.

Cuando Estados Unidos buscó un sustituto para la veterana M1911, la Beretta participó en unas pruebas largas y polémicas. Finalmente fue seleccionada y, en 1985, entró en servicio con la denominación M9. El cambio era significativo: después de décadas con una pistola del calibre .45, las fuerzas armadas estadounidenses adoptaban el 9 mm, el calibre de la OTAN. La M9 permaneció en servicio hasta que, a partir de 2017, empezó a sustituirla la SIG Sauer M17.

Si el Python representaba el refinamiento y la Beretta el relevo de una generación de pistolas militares, todavía quedaba una tercera historia, protagonizada por un arma difícil de ignorar.

A finales de los años setenta, la empresa estadounidense Magnum Research se planteó una idea que parecía casi contradictoria: una pistola semiautomática capaz de disparar cartuchos de revólver Magnum. Para soportar semejante potencia, recurrió a un sistema accionado por los gases del disparo y a un cerrojo rotativo, más propios de un fusil que de una pistola. El diseño, de 1982, se desarrolló y fabricó en Israel, y así nació la Desert Eagle. Pesaba alrededor de dos kilos y podía utilizar munición .357 Magnum, .44 Magnum y, más tarde, .50 Action Express.

La Desert Eagle nunca fue un arma militar reglamentaria. Su terreno era la caza, el tiro deportivo y el coleccionismo. Pero la fama que no necesitaba en un campo de batalla la encontró en otro lugar.

En el cine.

Desde el western y el cine de gánsteres, y después en el policíaco, el cine de acción, las series y los videojuegos, la pantalla ha utilizado siempre las armas como parte de la personalidad de sus personajes. Un arma puede decir algo de un personaje antes de que pronuncie una sola palabra. Un revólver de gatillo perfecto habla de un policía veterano; una pistola italiana, de un profesional; una semiautomática desmesurada, de alguien que no pasa desapercibido.

Así, armas que casi nunca pisaron un campo de batalla se volvieron reconocibles para millones de personas que jamás habían tenido una en la mano. Ya no necesitaban una guerra para hacerse famosas. Les bastaba con aparecer en una pantalla, en las manos de un personaje que ni siquiera existe.

El subfusil soviético PPSh-41, de Gueorgui Shpaguin, se hacía en buena parte con chapa de acero estampada y necesitaba la mitad de horas de mecanizado que su predecesor, el PPD-40.

El cartucho .357 Magnum nació en 1935 en Smith & Wesson, desarrollado junto a tiradores como Elmer Keith y Phil Sharpe, y abrió la era de los revólveres de alta potencia.

La bayoneta de cubo se colocaba alrededor del cañón y permitía disparar con ella calada. Gracias a este invento, la pica fue desapareciendo poco a poco de los campos de batalla.

Con el sistema Gribeauval (1765), los cañones de campaña franceses se redujeron a tres calibres: 4, 8 y 12 libras, más un obús. Además se añadieron un tornillo de elevación y un alza graduada para apuntar mejor.

La cápsula fulminante era un pequeño capuchón de cobre que se colocaba en un segundo y resistía mucho mejor la humedad. Sin ella no habría existido el revólver.

El Lee-Enfield SMLE Mk III, adoptado en 1907, llevaba diez cartuchos en el cargador: el doble que muchos de sus rivales.

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7 – 8 de Noviembre de 2026 La Torre – Ciudad del Conductor, Parla (Madrid)

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La XLV Feria No sólo MILITARIA reunirá coleccionistas, aficionados a la historia militar y grupos de recreación histórica. La edición de noviembre contará con piezas de colección, uniformes, cascos, armas blancas, vehículos militares, displays históricos y un aula con conferencias. Además, 2026 conmemora el 90.º aniversario del inicio de la Guerra Civil, con una exposición especialmente amplia de vehículos y medios militares de aquel conflicto. La cita resulta especialmente adecuada para la sección Militaria S.XX por su relación con el coleccionismo, la conservación y el estudio de objetos militares contemporáneos. Uniformes, insignias, documentación, equipamiento y otros testimonios materiales permiten comprender mejor la historia militar europea y conservar la memoria de los conflictos del siglo XX.

Imagen: Wikimedia Commons – Bundesarchiv Bild 101I-114-0073-28, Nordeuropa, Flakscheinwerfer.jpg — Plenik, Bruno / Bundesarchiv — CC BY-SA 3.0 Germany

I Congreso de Recreación Napoleónica en España

20 – 22 de Noviembre de 2026 Centro Joaquín Roncal, Zaragoza

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Imagen: Wikimedia Commons – Bundesarchiv Bild 183-R99785, Einkleidung Kriegsfreiwilliger.jpg — Schwahn / Bundesarchiv — CC BY-SA 3.0 Germany

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