Durante siglos, las armas habían nacido principalmente para una cosa: combatir. Pero en la segunda mitad del siglo XX empezó a ocurrir algo diferente. Algunas de las armas más reconocibles ya no se diseñaron pensando en una guerra, sino en la policía, el tiro deportivo o la caza. Y apareció un nuevo escenario capaz de convertirlas en iconos: la pantalla.

La historia empieza con un cartucho. En 1935, Smith & Wesson presentó el .357 Magnum, desarrollado junto a tiradores como Elmer Keith y Phil Sharpe. Era más largo y potente que el .38 Special, aunque de un calibre similar, y abrió una nueva categoría de munición para revólveres de alta potencia.

Veinte años después, en 1955, Colt lanzó su revólver de gama alta en ese calibre: el Python. No era un revólver corriente. Tenía una banda ventilada sobre el cañón, un contrapeso que recorría toda su parte inferior y un mecanismo ajustado a mano por armeros especializados. Su gatillo, suave y preciso, se convirtió en su rasgo más famoso. Lo usaron cuerpos policiales y tiradores de competición, y se ofreció en diferentes longitudes de cañón, de las más cortas a las de ocho pulgadas, destinadas al tiro y la caza. Su fama acabaría superando con mucho sus usos originales.

Mientras tanto, en Italia, otra historia estaba tomando forma. Beretta puede remontar documentalmente su actividad hasta 1526, cuando un maestro llamado Bartolomeo Beretta cobró por fabricar cañones de arcabuz para la República de Venecia. Cuatro siglos y medio después, en 1975, la empresa presentó la Beretta 92, una pistola de 9 mm Parabellum con cargador de 15 cartuchos y una característica corredera abierta en la parte superior.

Cuando Estados Unidos buscó un sustituto para la veterana M1911, la Beretta participó en unas pruebas largas y polémicas. Finalmente fue seleccionada y, en 1985, entró en servicio con la denominación M9. El cambio era significativo: después de décadas con una pistola del calibre .45, las fuerzas armadas estadounidenses adoptaban el 9 mm, el calibre de la OTAN. La M9 permaneció en servicio hasta que, a partir de 2017, empezó a sustituirla la SIG Sauer M17.

Si el Python representaba el refinamiento y la Beretta el relevo de una generación de pistolas militares, todavía quedaba una tercera historia, protagonizada por un arma difícil de ignorar.

A finales de los años setenta, la empresa estadounidense Magnum Research se planteó una idea que parecía casi contradictoria: una pistola semiautomática capaz de disparar cartuchos de revólver Magnum. Para soportar semejante potencia, recurrió a un sistema accionado por los gases del disparo y a un cerrojo rotativo, más propios de un fusil que de una pistola. El diseño, de 1982, se desarrolló y fabricó en Israel, y así nació la Desert Eagle. Pesaba alrededor de dos kilos y podía utilizar munición .357 Magnum, .44 Magnum y, más tarde, .50 Action Express.

La Desert Eagle nunca fue un arma militar reglamentaria. Su terreno era la caza, el tiro deportivo y el coleccionismo. Pero la fama que no necesitaba en un campo de batalla la encontró en otro lugar.

En el cine.

Desde el western y el cine de gánsteres, y después en el policíaco, el cine de acción, las series y los videojuegos, la pantalla ha utilizado siempre las armas como parte de la personalidad de sus personajes. Un arma puede decir algo de un personaje antes de que pronuncie una sola palabra. Un revólver de gatillo perfecto habla de un policía veterano; una pistola italiana, de un profesional; una semiautomática desmesurada, de alguien que no pasa desapercibido.

Así, armas que casi nunca pisaron un campo de batalla se volvieron reconocibles para millones de personas que jamás habían tenido una en la mano. Ya no necesitaban una guerra para hacerse famosas. Les bastaba con aparecer en una pantalla, en las manos de un personaje que ni siquiera existe.

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