A finales del siglo XVII, un soldado de infantería tenía un problema. Su mosquete podía lanzar una bala de plomo contra el enemigo, pero después de disparar necesitaba tiempo para volver a cargarlo. Y si en ese momento aparecía la caballería, aquel hombre quedaba prácticamente indefenso.

Durante mucho tiempo, los ejércitos europeos habían resuelto el problema dividiendo la infantería en dos. Los mosqueteros disparaban y los piqueros, armados con largas picas, protegían a sus compañeros de las cargas de caballería. Cada uno tenía su función, pero ambos dependían del otro.

Entonces apareció una solución aparentemente sencilla: la bayoneta.

Las primeras eran de tapón y se introducían directamente en la boca del cañón. Servían como una lanza, pero tenían un inconveniente evidente: con ellas colocadas, el mosquete ya no podía disparar. La bayoneta de cubo resolvió el problema. Se colocaba alrededor del cañón y permitía seguir utilizando el arma de fuego con la bayoneta calada. De repente, el mismo soldado podía disparar al enemigo y, si este se acercaba demasiado, enfrentarse a él con el acero. Ya no necesitaba que un piquero lo protegiera, y poco a poco la pica fue desapareciendo de los campos de batalla. El soldado de infantería pasó a ser, al mismo tiempo, tirador y lancero.

Hacia 1722, el ejército británico fijó uno de los mosquetes que acabarían convirtiéndose en símbolo de toda una época: el Land Pattern, conocido popularmente como Brown Bess. Era un arma larga y pesada, de ánima lisa y con un calibre cercano a los 19 milímetros. Disparaba una bala esférica de plomo y utilizaba una llave de chispa.

Su funcionamiento era sencillo, aunque no siempre fiable. Al apretar el gatillo, el pedernal golpeaba una pieza de acero llamada rastrillo y producía una chispa. Esta encendía la pólvora de la cazoleta y el fuego pasaba hasta la carga principal del cañón. Cuando todo funcionaba, el disparo se producía en un instante. Pero si el pedernal estaba gastado o la pólvora se había humedecido, podía ocurrir algo muy diferente: un fogonazo en la cazoleta y ningún disparo. Bajo la lluvia, el barro y el humo del campo de batalla, esos fallos eran frecuentes.

Y volver a disparar requería tiempo. El soldado mordía un cartucho de papel que contenía la pólvora y la bala, cebaba la cazoleta, vertía la pólvora por la boca del cañón, introducía la bala envuelta en el papel y utilizaba la baqueta para empujarla hasta el fondo. Solo entonces podía volver a disparar. Un hombre bien instruido alcanzaba tres o cuatro disparos por minuto en condiciones ideales; en combate, entre el humo, el cansancio y el miedo, lo habitual eran dos o tres.

Además, el mosquete no era un arma precisa. Su cañón era liso y utilizaba una bala esférica, así que acertar deliberadamente a un hombre concreto a cierta distancia resultaba muy difícil. Los ejércitos encontraron una solución: no necesitaban que cada soldado acertara por separado.

Necesitaban que todos disparasen juntos.

La infantería se organizó en grandes líneas de dos o tres filas. Los hombres avanzaban hombro con hombro, esperaban la orden y disparaban al mismo tiempo. La precisión individual importaba menos cuando cientos de balas volaban hacia el mismo objetivo. Después llegaba la bayoneta. La guerra de esta época convirtió así la disciplina en una de las grandes armas de la infantería: el soldado debía mantenerse en su posición, cargar, disparar y avanzar cuando recibía la orden. El mosquete podía ser imperfecto, pero una formación entera actuando como una sola unidad resultaba devastadora.

Francia siguió un camino parecido. Su fusil de 1777 y la versión revisada del año IX de la República, que equipó a la infantería de Napoleón, utilizaban el mismo principio. Su calibre era algo menor, alrededor de 17,5 milímetros, pero sus limitaciones eran similares. Durante las guerras napoleónicas, británicos y franceses combatieron con armas de una misma generación tecnológica, y la diferencia la marcaron la instrucción, la táctica y la moral de sus ejércitos.

En 1815, en Waterloo, aquella forma de combatir vivió uno de sus momentos más conocidos. Cuando la caballería francesa cargaba contra las posiciones británicas, los soldados formaban cuadros, cerrando sus filas hasta crear una masa compacta de hombres y bayonetas. Para los jinetes era una barrera difícil de atravesar, y los caballos se resistían a lanzarse contra una formación erizada de acero.

El pequeño tubo de hierro que había empezado sustituyendo a la pica había terminado transformando la forma de combatir de la infantería. La pica estaba ahora en el extremo de su propio mosquete.

Pero aquel mundo se acercaba a su final. La cápsula fulminante haría más fiable la ignición y los cañones rayados aumentarían enormemente la precisión. El viejo ritual de morder el cartucho, cebar la cazoleta, cargar por la boca y golpear con la baqueta empezaba a tener los días contados.

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