A finales del siglo XIX, el soldado de infantería ya había dejado atrás el mundo del mosquete. Los cartuchos metálicos habían sustituido a la pólvora y la bala cargadas por separado, y los fusiles de cerrojo, que existían desde mediados de siglo, ya se habían convertido en fusiles de repetición, con varios cartuchos guardados dentro del arma. El problema ya no era cómo cargar.

Era cuántos disparos llevar y a qué velocidad hacerlos.

El mecanismo parecía sencillo. El soldado levantaba el cerrojo, lo echaba hacia atrás para expulsar la vaina vacía, empujaba un cartucho nuevo hacia la recámara y volvía a cerrarlo. Pero pequeñas diferencias en el diseño podían cambiar por completo la velocidad y la forma de utilizar el arma, y dos de esas diferencias acabaron enfrentadas en las trincheras.

Gran Bretaña encontró su respuesta en el sistema de James Paris Lee, un inventor escocés establecido en Norteamérica, que diseñó un cerrojo con un cargador de caja independiente. Combinado con el rayado desarrollado en la fábrica real de Enfield, dio lugar al Lee-Enfield. Su versión más famosa, el Short Magazine Lee-Enfield Mk III, se adoptó en 1907. Era un fusil relativamente corto y su cargador admitía diez cartuchos, el doble que muchos de sus rivales.

Pero la capacidad no era su única ventaja. El cerrojo tenía un recorrido corto y se montaba al cerrarlo, de modo que un soldado entrenado podía accionarlo con enorme rapidez sin retirar el fusil del hombro. El ejército británico convirtió aquella característica en una auténtica habilidad de combate. Sus soldados practicaban el llamado mad minute: al menos quince disparos apuntados en un minuto contra un blanco situado a 300 yardas. Los mejores tiradores superaban con creces esa cifra.

Al otro lado del mar del Norte se desarrollaba otra filosofía. En Alemania, Paul Mauser y su hermano Wilhelm llevaban años perfeccionando el fusil de cerrojo, y en 1898 el ejército alemán adoptó el Gewehr 98. Su cargador interno contenía solo cinco cartuchos, pero su cerrojo era extraordinariamente robusto: dos grandes tetones de acerrojamiento en la parte delantera y un extractor que mantenía sujeto el cartucho durante todo el recorrido.

El diseño tuvo una enorme influencia internacional, y España lo conocía bien. El ejército español usaba el Mauser modelo 1893, y en 1898, en las colinas de San Juan, durante la guerra con Estados Unidos, sus fusiles tuvieron un papel protagonista. Las cifras de aquel combate se han contado de muchas maneras, pero el rendimiento del Mauser español impresionó a los estadounidenses. Poco después, su nuevo fusil, el Springfield de 1903, incorporó soluciones del sistema Mauser, y Estados Unidos acabó pagando a la firma alemana por el uso de sus patentes.

En 1914, los dos sistemas se encontraron en la Gran Guerra. En los primeros combates, en Mons y durante la retirada británica posterior, la velocidad de fuego de los fusileros británicos alimentó una de las grandes historias de aquella guerra. Se cuenta que algunos alemanes creyeron estar frente a ametralladoras cuando en realidad se enfrentaban al fuego rápido de los fusileros. La historia se convirtió en leyenda, aunque los testimonios son dispersos y las unidades británicas también contaban con algunas ametralladoras.

La rivalidad no terminó en 1918. En Alemania, el Gewehr 98 evolucionó hasta convertirse en la Karabiner 98k, adoptada en 1935. Aunque su nombre hablaba de una carabina, era en realidad un fusil de longitud intermedia. Fue el arma básica del soldado alemán durante la Segunda Guerra Mundial y, con mira telescópica, también la de sus francotiradores. Gran Bretaña, mientras tanto, siguió confiando en el Lee-Enfield, que desde 1926 se llamaba oficialmente Rifle No. 1 Mk III, y a partir de 1941 fue sustituyéndolo por el No. 4, una versión modernizada y más sencilla de fabricar.

Durante casi medio siglo, dos filosofías habían seguido caminos diferentes. El Lee-Enfield apostaba por la capacidad de su cargador y la rapidez de su cerrojo; el Mauser, por la robustez de su mecanismo. Ninguno de los dos inventó el fusil de cerrojo, pero los dos lo llevaron a su forma más acabada.

No hubo un vencedor absoluto en aquel duelo. Los dos fusiles sirvieron en dos guerras mundiales, y todavía hoy, a su manera, siguen siendo la referencia de lo que un fusil de cerrojo puede llegar a ser.

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