Para que existiera el revólver, primero tuvo que desaparecer el pedernal.
A comienzos del siglo XIX, las armas de fuego empezaban a abandonar la vieja llave de chispa. En 1807, un clérigo escocés aficionado a la caza, Alexander Forsyth, patentó un sistema de ignición basado en fulminantes, compuestos que detonan con un simple golpe. Poco después apareció la cápsula fulminante, un pequeño capuchón de cobre que se colocaba en el arma en un segundo y que resultaba mucho más fiable frente a la humedad. Parecía un cambio pequeño, pero abría la puerta a una nueva generación de armas.
Antes de Samuel Colt ya habían existido armas de varios cañones y algunos tambores giratorios. El problema era conseguir que el mecanismo funcionara de forma práctica y fiable. Colt, un joven de Connecticut, contaría años después que la idea le vino a bordo de un barco, observando el movimiento de la rueda del timón, y que talló en madera su primer modelo durante la travesía. Si fue así o forma parte de la leyenda que él mismo cultivó, no lo sabemos. Lo que sí sabemos es la solución que encontró: al amartillar el arma, el propio mecanismo hacía girar el tambor y lo dejaba perfectamente alineado con el cañón.
Colt patentó su sistema en Inglaterra en 1835 y en Estados Unidos al año siguiente. Pero inventar un mecanismo no significaba convertirlo en negocio, y su primera fábrica, en Paterson (Nueva Jersey), quebró en 1842.
Parecía que la historia podía terminar allí. Pero entonces llegó una guerra.
Durante el conflicto entre Estados Unidos y México, el capitán de los Texas Rangers Samuel Walker buscaba un arma potente, capaz de ofrecer varios disparos seguidos. Se puso en contacto con Colt, y de aquella colaboración nació en 1847 un enorme revólver que devolvió la fortuna al inventor y le permitió levantar su gran fábrica de Hartford.
La evolución culminó con el Colt Army Model 1860, un revólver del calibre .44 con seis recámaras y un cañón de ocho pulgadas. Era más ligero que los grandes modelos anteriores y podía llevarse en una funda de cinturón. Pero todavía no era un arma de cartuchos. Cada recámara se cargaba por separado: primero la pólvora, después la bala, que se asentaba con la palanca situada bajo el cañón, y por último una cápsula fulminante en cada chimenea. Era un proceso lento, pero una vez cargado, aquel tambor guardaba algo que pocas décadas antes habría parecido extraordinario: seis disparos listos para usarse uno detrás de otro.
En 1861 comenzó la Guerra de Secesión y el Army 1860 se convirtió en uno de los principales revólveres de la Unión. El ejército federal adquirió más de cien mil unidades, destinadas sobre todo a la caballería. Para un jinete, poder disparar varias veces sin detenerse a recargar marcaba una diferencia enorme. El arma apareció también en el bando confederado, con ejemplares comprados antes de la guerra o capturados al enemigo.
Samuel Colt no llegó a ver el final de aquel conflicto. Murió en enero de 1862, cuando la guerra todavía estaba lejos de terminar. Su revólver sí continuó su camino.
Terminada la guerra, el Army 1860 acompañó a soldados y colonos en la expansión hacia el Oeste. Mientras tanto, la tecnología seguía avanzando, y la siguiente gran transformación estaba escondida en algo aparentemente sencillo: un cartucho metálico que reunía en una sola pieza la bala, la pólvora y el fulminante. La avancarga empezó a quedar atrás. Muchos revólveres se transformaron para usar cartuchos y, en 1873, Colt presentó el Single Action Army, que acabaría convertido en uno de los grandes iconos del Oeste. Mucho después, las novelas populares y el cine fijaron para siempre la imagen del revólver al cinto, aunque las películas no siempre respetaran las fechas y mezclaran armas de épocas distintas.
Colt no había inventado el revólver desde cero. Lo que consiguió fue algo más difícil: convertir una idea que otros habían intentado en un mecanismo práctico, fiable y capaz de fabricarse en serie.
Y eso fue lo que cambió la historia.
