En el verano de 1941, Alemania invadió la Unión Soviética y, en pocos meses, el Ejército Rojo perdió una enorme cantidad de hombres y armamento. Mientras el país intentaba contener el avance alemán, la industria soviética se enfrentaba a otro desafío: trasladar fábricas enteras más allá de los Urales y, al mismo tiempo, seguir produciendo armas para una guerra que no daba tregua.
En aquellas circunstancias, ya no bastaba con diseñar un arma buena. Tenía que poder fabricarse rápido, con pocas herramientas y en cantidades enormes.
El Ejército Rojo utilizaba entonces el PPD-40, un subfusil de buena calidad pero caro y lento de fabricar, con numerosas piezas mecanizadas. La solución llegó de la mano de Gueorgui Shpaguin, que diseñó un arma pensada desde el principio para la producción en masa: el PPSh-41.
Buena parte de sus piezas eran de chapa de acero estampada, y necesitaba aproximadamente la mitad de horas de mecanizado que su predecesor. Incluso el cañón, cromado por dentro, estaba pensado para soportar el desgaste y una munición de calidad variable. El resultado era un arma sencilla, resistente y extraordinariamente rápida: disparaba el cartucho de pistola 7,62 × 25 Tokarev a una cadencia de alrededor de mil disparos por minuto, con un cargador de tambor de 71 cartuchos. Aquello tenía un precio, porque consumía munición a una velocidad enorme, y el tambor tendía a atascarse si se llenaba del todo. A partir de 1942 se añadió un cargador curvo de 35 cartuchos, más ligero y fiable.
Se fabricaron alrededor de seis millones de PPSh-41, y el subfusil se convirtió en una de las imágenes del soldado soviético de la guerra, de las ruinas de Stalingrado a las calles de Berlín. Incluso los alemanes apreciaron sus cualidades: utilizaron los ejemplares capturados y llegaron a adaptar algunos a su munición de 9 milímetros.
Pero la guerra seguía enseñando cosas. Los alemanes habían ensayado una idea nueva: un cartucho intermedio, menos potente que el de fusil pero más que el de pistola, con el que un soldado podía disparar en automático sin perder el control del arma a las distancias reales del combate. Los soviéticos tomaron nota y en 1943 desarrollaron el suyo, el 7,62 × 39. Solo faltaba el arma adecuada.
Fue entonces cuando apareció un hombre prácticamente desconocido.
Mijaíl Kaláshnikov era sargento de carros de combate cuando fue herido en octubre de 1941, en los combates de Briansk. Durante su convalecencia empezó a dibujar armas. No era ingeniero, pero consiguió abrirse camino hasta las oficinas soviéticas de diseño, y en 1947 su fusil ganó las pruebas. Dos años después, el ejército soviético lo adoptó oficialmente. Había nacido el AK, el fusil automático Kaláshnikov.
Su filosofía era heredera de la del PPSh. No buscaba una construcción delicada, sino pocas piezas, holguras generosas y un mecanismo capaz de seguir funcionando con suciedad, barro y frío. Un recluta podía aprender a usarlo en poco tiempo. Para paracaidistas y tripulaciones de vehículos, donde el espacio era escaso, se creó además una versión con culata metálica plegable, el AKS.
La primera versión tuvo problemas de fabricación con el cajón de mecanismos de chapa estampada, y durante algunos años se volvió a una construcción mecanizada. En 1959 llegó el AKM, que resolvió el problema con una chapa más ligera y fue la versión que se extendió por medio mundo. Fabricada en numerosos países, con licencia o sin ella, la familia Kaláshnikov alcanzó una difusión que ningún otro fusil ha igualado. Figura incluso en la bandera de Mozambique.
El PPSh-41 había llevado la producción industrial hasta el extremo. El AK aplicó aquella misma filosofía de sencillez a una nueva generación de armas. Entre los dos demostraron algo que la Segunda Guerra Mundial había dejado claro: la capacidad de fabricar un arma por millones podía ser tan decisiva como el arma misma.
