A comienzos del siglo XX, el ejército de Estados Unidos tenía un problema. Sus soldados combatían en Filipinas y muchos oficiales consideraban que el revólver reglamentario, de calibre .38, no tenía suficiente capacidad para detener a un atacante decidido a corta distancia.

En 1904, el capitán John T. Thompson y el médico militar Louis La Garde realizaron una serie de ensayos para estudiar qué calibre debía utilizar la nueva arma corta del ejército. Su conclusión fue clara: debía ser, como mínimo, un calibre .45.

El ejército abrió entonces un concurso. Entre los diseñadores que acudieron estaba John Moses Browning, uno de los grandes nombres de la historia de las armas de fuego, que presentó una pistola semiautomática fabricada por Colt y con un cartucho diseñado para ella: el .45 ACP.

La prueba definitiva no consistía solo en comprobar cómo disparaba. Había que comprobar cuánto podía resistir. Durante los ensayos, la pistola de Browning disparó seis mil cartuchos sin un solo fallo, mientras su rival acumulaba averías. El resultado fue decisivo, y el 29 de marzo de 1911 el ejército estadounidense adoptó la nueva pistola como M1911. A mediados de los años veinte recibió una serie de retoques y pasó a denominarse M1911A1.

Pero el .45 no iba a quedarse dentro de una pistola.

El mismo Thompson que había impulsado aquel calibre pensaba ahora en algo distinto. Durante la Primera Guerra Mundial imaginó un arma automática ligera que usara la munición de pistola y pudiera «barrer» una trinchera a corta distancia. En 1916 fundó la empresa Auto-Ordnance para desarrollarla, y al resultado le dio un nombre que no existía hasta entonces: submachine gun, subfusil. La guerra, sin embargo, terminó antes de que su arma llegara a los campos de batalla europeos.

Thompson tuvo que esperar.

El arma salió al mercado civil en 1921 y encontró primero un escenario muy distinto al que su creador había imaginado. Durante la Ley Seca, las bandas criminales de ciudades como Chicago la adoptaron, y la prensa empezó a llamarla Tommy gun o Chicago Typewriter, «la máquina de escribir de Chicago». La matanza de San Valentín de 1929 terminó de fijar aquella imagen.

Su destino militar llegó después. La Armada estadounidense adoptó el Model of 1928 y el ejército incorporó el Thompson a finales de los años treinta. Con la Segunda Guerra Mundial llegó la producción a gran escala: primero el M1928A1, que podía usar cargadores de tambor o rectos, y desde 1942 las versiones M1 y M1A1, simplificadas para fabricarse más deprisa y pensadas solo para cargadores rectos, más fiables en campaña. Veinticinco años después de concebirlo para las trincheras, el arma de Thompson llegaba por fin a la guerra.

Y entonces se cerró el círculo. La pistola de Browning y el subfusil de Thompson compartían el mismo cartucho. El .45 ACP que alimentaba la pistola en la funda de un oficial alimentaba también el arma automática del soldado que avanzaba a su lado, en Europa, en el Pacífico y, años después, en Corea.

El subfusil acabó cediendo el paso a armas más modernas. La pistola resistió mucho más. Atravesó dos guerras mundiales, Corea y Vietnam, y las fuerzas armadas estadounidenses llegaron a reunir unos 2,7 millones de unidades. Cuando en 1985 dejó de ser el arma corta reglamentaria, habían pasado setenta y cuatro años desde aquella decisión de 1911.

Todo había empezado con una pregunta sencilla sobre el calibre de una pistola. La respuesta acabó armando a varias generaciones de soldados.

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