Una espada japonesa no termina cuando el herrero acaba la hoja. Alrededor de ese núcleo de acero se construye todo un conjunto de piezas que permiten llevarla, utilizarla, protegerla y, con el tiempo, convertirla también en un objeto de gran riqueza artística. Ese conjunto recibe el nombre de koshirae (拵え), la montura de la espada.
Durante el periodo Muromachi (室町時代, 1336-1573), con el país fragmentado por las guerras entre señores feudales durante la era Sengoku (戦国時代, «de los estados en guerra»), la fabricación de espadas alcanzó un alto grado de especialización. Una espada terminada podía pasar por las manos de distintos artesanos, cada uno dedicado a una parte concreta del montaje.
Todo empezaba en la espiga, el nakago (茎), el tramo de acero que queda oculto dentro de la empuñadura. Es una de las partes más importantes de la espada, porque conserva información sobre la hoja y puede llevar la firma y otras inscripciones del herrero. Sobre la base de la hoja se colocaba el habaki (鎺), un pequeño collar de metal que encajaba en la boca de la saya —el koiguchi (鯉口)— y ayudaba a mantener la hoja correctamente asentada. A continuación venían las seppa (切羽), unas arandelas metálicas que contribuían a ajustar y mantener unidas las distintas piezas del montaje.
Después aparecía una de las piezas más reconocibles: la tsuba (鍔), la guarda situada entre la hoja y la empuñadura. Su función principal era proteger la mano y separar los dedos del filo. Con el tiempo, además de su función práctica, la tsuba se convirtió en uno de los elementos artísticos más importantes de la espada japonesa. Los artesanos podían trabajarla en hierro, cobre y otras aleaciones, incorporando escenas, animales, plantas y símbolos. Algunas llegaron a valorarse como pequeñas obras de arte por derecho propio.
La parte que más trabajo escondía era la empuñadura, la tsuka (柄). En su interior se encontraba el nakago, mientras que el exterior se construía mediante varias capas y elementos. Debajo del revestimiento podía colocarse el samegawa (鮫皮), piel de raya, cuya superficie aportaba textura al conjunto. Sobre ella podían situarse los menuki (目貫), pequeños elementos decorativos colocados en posiciones estratégicas de la empuñadura que, además de su función ornamental, podían contribuir a la sensación y comodidad del agarre.
El samegawa (鮫皮) tradicional procedía de la piel de raya, valorada por la dureza y el agarre que aportaba bajo el trenzado. Hoy convive con reproducciones sintéticas que imitan esa misma textura granulada, mientras que otras piezas siguen empleando piel de raya auténtica —a veces teñida en colores como el rojo—, tanto bajo el trenzado de la tsuka como, en algunas monturas, recubriendo directamente la saya. Ninguna de las dos soluciones es más «correcta» que la otra en una pieza moderna, pero conviene no darlas por intercambiables: no toda superficie con ese grano procede necesariamente del mismo material.
Todo se remataba con el tsuka-ito (柄糸), el cordón de seda u otro material que se trenzaba alrededor de la empuñadura siguiendo patrones precisos. El resultado no era solamente decorativo: proporcionaba una superficie firme para sujetar la espada. En los extremos de la tsuka se encontraban el fuchi (縁), el collar situado junto a la tsuba, y el kashira (頭), el remate del extremo de la empuñadura.
Y atravesándolo todo aparecía una pequeña pieza con una función fundamental: el mekugi (目釘), una clavija que atravesaba la empuñadura y el nakago y ayudaba a mantener ambos unidos. Gracias a este sistema, la espada podía desmontarse y volver a montarse, algo que también permitía cambiar los elementos del montaje.
Fuera de la empuñadura estaba la saya (鞘), la vaina de madera ajustada a la hoja. Su fabricación correspondía al sayashi (鞘師), el artesano especializado en este trabajo. La saya no era una simple funda genérica: se ajustaba a la hoja concreta para que esta quedara correctamente alojada en su interior. De ella podía colgar el sageo (下緒), un cordón que servía para sujetar la espada al cinturón y asegurar la saya durante su uso.
No todas las hojas se montan siguiendo exactamente este mismo esquema completo. Algunos tantō, en particular, se presentan en una montura aikuchi (合口), literalmente «boca ajustada»: una variante sin tsuba, en la que un collar metálico conecta directamente la empuñadura con la boca de la saya. Es una montura distinta tanto de la koshirae completa que acabamos de recorrer como de la shirasaya de la que hablaremos más adelante: conserva el trenzado y la decoración propios de una pieza de uso, pero prescinde deliberadamente de la guarda.
Y aquí aparece una de las particularidades más interesantes de la espada japonesa: muchas de estas piezas podían cambiarse. El montaje no era necesariamente una estructura permanente e inalterable, sino un conjunto de elementos que podían desmontarse, sustituirse y combinarse. El Met señala precisamente que los componentes de la empuñadura podían retirarse y cambiarse por otros conjuntos, y que los elementos de la montura podían ser apreciados también como obras artísticas independientes.
Por eso, cuando miramos una espada japonesa completa, no estamos viendo solamente una hoja con una empuñadura y una vaina. Estamos viendo el resultado del trabajo coordinado de varios oficios: el herrero que forjó la hoja, el artesano que fabricó la guarda, quien montó la empuñadura, quien trenzó el cordón y quien ajustó la saya. Cada pieza cumple una función, pero muchas de ellas cuentan además su propia historia.
Reconocerlas ayuda a leer cualquier espada: una tsuka con samegawa, una tsuba decorada, un habaki cuidadosamente ajustado o un sageo trenzado dejan de ser simples detalles y pasan a formar parte de un lenguaje propio. Una espada japonesa es, en realidad, la suma de muchas manos que trabajaron alrededor de una misma hoja.
Piezas de esta historia
Siguiente historia: 4. La pareja del samurái: el daishō (大小) →
