Durante la guerra de los Siete Años, un oficial francés llamado Jean-Baptiste Vaquette de Gribeauval pasó varios años sirviendo en el ejército austríaco, entonces aliado de Francia. Allí descubrió algo que iba a cambiar para siempre su manera de entender la artillería.

Los cañones austríacos eran más ligeros y estaban mejor organizados. Podían acompañar al ejército en lugar de arrastrarse lentamente detrás de él. Gribeauval regresó a Francia convencido de que sus compatriotas necesitaban hacer lo mismo, y en 1765 tuvo la oportunidad: una real orden de 15 de octubre puso en marcha su nuevo sistema de artillería.

Los cambios no parecían espectaculares a primera vista, pero juntos suponían una auténtica transformación. Los cañones de campaña quedaron reducidos a tres calibres principales, de 4, 8 y 12 libras, además de un obús. Los tubos se hicieron más cortos y ligeros, y se incorporaron un tornillo para regular la elevación y un alza graduada para mejorar la puntería.

Pero lo más importante estaba en algo mucho menos visible. Las cureñas, las ruedas, los ejes y los armones empezaron a fabricarse con medidas normalizadas. Una rueda rota podía sustituirse por la de otro cañón, y el mantenimiento en plena campaña dejó de ser un quebradero de cabeza. La idea era simple: una artillería más ligera, más manejable y más fácil de mantener.

Sin embargo, cambiar una tradición militar nunca es sencillo. El nuevo sistema encontró una fuerte resistencia dentro del propio cuerpo de artillería y su implantación quedó paralizada durante algunos años. Solo a partir de 1776, cuando Gribeauval asumió la inspección general de la artillería, sus reformas terminaron imponiéndose.

Y mientras aquel sistema transformaba los cañones franceses, un joven empezaba a formarse dentro de ese mundo.

Su nombre era Napoleón Bonaparte.

En 1785 salió de la Escuela Militar de París como subteniente de artillería. Todavía no era el hombre que acabaría dominando buena parte de Europa, pero había elegido una especialidad que iba a marcar su carrera. En diciembre de 1793, durante el asedio de Tolón, entonces en manos británicas, tuvo su primera gran oportunidad: organizó las baterías francesas hasta dominar la rada y obligar a la flota enemiga a retirarse. El éxito tuvo consecuencias inmediatas. Con solo 24 años fue ascendido a general de brigada.

Cuando llegó al poder, Napoleón empezó a utilizar los cañones de una manera cada vez más agresiva. En lugar de repartirlos de forma uniforme a lo largo del frente, los concentraba en un punto decisivo y acumulaba allí una enorme potencia de fuego. Si una posición enemiga era demasiado fuerte para atacarla directamente, primero había que golpearla con la artillería; una vez abierta la brecha, la infantería y la caballería podían aprovecharla. En 1809, en la batalla de Wagram, llegó a reunir cerca de un centenar de piezas en una sola batería.

El cañón ya no era solo un arma de apoyo. Era el martillo que rompía la línea enemiga.

La artillería napoleónica tampoco permaneció igual durante todas sus campañas. En 1803 apareció el llamado sistema del año XI, que introdujo nuevas piezas, entre ellas el cañón de 6 libras, y durante las guerras napoleónicas esos modelos convivieron con los de Gribeauval.

Mientras los grandes cañones dominaban el campo de batalla, oficiales y jinetes llevaban armas mucho más pequeñas. Las pistolas de chispa eran el arma corta de la caballería, que las llevaba en fundas a ambos lados de la silla, y compartían con los mosquetes una limitación fundamental: después de cada disparo había que volver a cargarlas por la boca, algo casi imposible a lomos de un caballo. Por eso algunas se fabricaban con dos cañones, que ofrecían un segundo disparo inmediato. En manos de oficiales y altos cargos, además, el arma podía convertirse en símbolo de autoridad. Armeros como Nicolas-Noël Boutet, al frente de la manufactura de Versalles, fabricaron para el Imperio piezas ricamente decoradas que hoy se conservan en museos.

Gribeauval había trabajado para resolver un problema que parecía puramente técnico: conseguir que los cañones pudieran moverse con el ejército. Napoleón llevó aquella solución mucho más lejos, hasta convertir la artillería en el arma que decidía dónde y cuándo golpear.

Gribeauval construyó la herramienta. Napoleón aprendió a utilizarla.

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