Hay espadas que sirven para luchar. Y hay otras que parecen hechas para algo más.

En las antiguas historias europeas, algunas espadas guardaban reliquias, estaban ligadas a santos o solo podían ser empuñadas por quien demostrara ser el elegido. La fantasía moderna convirtió esa idea en un clásico, pero la semilla ya estaba en la Edad Media. En el Cantar de Roldán, el héroe enumera las reliquias que guarda en el pomo de Durandarte: objetos asociados a san Pedro, san Basilio, san Dionisio y la Virgen María. La espada deja de ser solo un arma y se convierte en un objeto sagrado.

Existe otra imagen que casi todos conocemos: una espada clavada en una piedra, esperando a la persona destinada a empuñarla. A finales del siglo XII, las obras de Robert de Boron contribuyeron a fijar la tradición de la espada que demuestra la legitimidad de Arturo. Y hay algo todavía más sorprendente: en la capilla de Montesiepi, en la Toscana, se conserva una espada clavada en la roca que la tradición atribuye a san Galgano, un caballero que, según la leyenda, abandonó las armas y la hundió en la piedra hacia 1180. No la sacó de la roca para empezar una aventura; la clavó en ella para terminar una vida de guerra.

Muchos siglos después, la misma imagen reapareció en The Legend of Zelda, la saga que Nintendo inició en 1986: la Espada Maestra, un arma sagrada que repele el mal, descansa en un pedestal a la espera de un héroe de corazón puro. La historia había cambiado, pero la imagen seguía siendo reconocible.

Y si una espada podía ser sagrada, también podía convertirse en un arma contra aquello que los hombres temían. En el folclore europeo abundan las creencias sobre materiales capaces de proteger frente a lo sobrenatural. En las islas británicas se decía que el hierro ahuyentaba a las hadas, y por eso se colgaban herraduras sobre las puertas. La plata, metal de la luna y de la pureza, acabó asociada a algo más poderoso todavía: dañar a criaturas como los hombres lobo. De ahí nació una de las armas más famosas de la ficción, la bala de plata. Y de ahí procede también, en buena parte, uno de los rasgos más conocidos de Geralt de Rivia, el brujo creado por Andrzej Sapkowski: una espada de acero para los hombres y otra de plata para las bestias. El enemigo determina el arma.

Eso sí, Geralt lleva sus espadas a la espalda, y ahí la ficción se toma una licencia: una espada larga no se desenvaina con comodidad desde esa posición, y en la Edad Media se llevaba casi siempre al cinto.

Hay, por último, una clase de espada legendaria que no necesita magia. Solo necesita metal. Durante siglos, las hojas llegadas de Oriente Próximo fueron famosas en Europa por su superficie ondulada, como agua en movimiento, y por un filo que parecía no gastarse: el llamado acero de Damasco. El nombre engaña un poco. El auténtico se fabricaba con acero de crisol, el wootz, producido en el sur de la India y comerciado en lingotes, y no tiene nada que ver con las hojas que hoy se forjan soldando capas de acero para obtener un dibujo parecido. Cuando la técnica original se perdió, hacia el siglo XVIII, las hojas de Damasco pasaron de ser un producto a ser una leyenda.

George R. R. Martin tomó esa imagen y la convirtió en el acero valyrio de Canción de hielo y fuego: un metal de dureza legendaria, reconocible por sus ondas, cuyo secreto se perdió con la antigua Valyria. En Poniente, una espada así vale más que un castillo. Garra, la espada ancestral de la Casa Mormont, llega a manos de Jon Nieve con un pomo nuevo en forma de lobo huargo, y lo que recibe no es solo una hoja: es antigüedad, prestigio y un conocimiento que nadie sabe ya reproducir.

Reliquias, piedras, plata y aceros perdidos. La fantasía los ha llevado más lejos, pero todos estaban ya en las historias que se contaban hace ochocientos años.

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