Hay espadas que tienen nombre. Y hay espadas cuyo nombre basta para contar una historia.
En Japón, las hojas más famosas recibieron el título de meitō (名刀), «espadas célebres». Su prestigio podía venir de su antigüedad, de su belleza, de su forjador o de las historias que habían sobrevivido a su alrededor. Una de las más conocidas es Dōjigiri Yasutsuna (童子切安綱): según la tradición, esta espada del periodo Heian (平安時代, 794-1185) fue la que usó el guerrero Minamoto no Yorimitsu (源頼光) para matar al demonio Shuten-dōji (酒呑童子). Con el tiempo pasó a formar parte de las Tenka Goken (天下五剣), las «Cinco Espadas Bajo el Cielo», el grupo de hojas más célebre de Japón.
Pero si una espada japonesa está asociada a la idea de maldición, esa es la Muramasa (村正). Muramasa fue un forjador real, activo en la provincia de Ise (伊勢国) en el siglo XVI, cuyas hojas tenían una reputación extraordinaria. El problema fue que su nombre quedó ligado a varios episodios en los que miembros de la familia Tokugawa (徳川) resultaron heridos o muertos. Cuando los Tokugawa gobernaron Japón, se extendió la creencia de que aquellas espadas les traían desgracia, y muchos propietarios prefirieron borrar la firma.
La leyenda necesitaba además una espada opuesta, y la encontró en Masamune (正宗), el nombre más ilustre de la forja japonesa. En la versión más conocida, ambas hojas se clavan en un arroyo: la de Muramasa corta todas las hojas de árbol que la corriente arrastra hacia ella; ante la de Masamune, en cambio, las hojas pasan de largo sin sufrir daño, porque solo corta lo que debe. Es una historia preciosa, y también imposible: los dos maestros no coincidieron en el tiempo. Pero resume una idea que ha llegado hasta hoy: la espada sedienta de sangre frente a la espada justa.
En el periodo Edo (江戸時代, 1603-1868), además, las espadas empezaron a evaluarse por algo muy concreto: su capacidad de corte. En 1797 se publicó el Kaihō Kenjaku (懐宝剣尺), una obra que clasificaba a los forjadores en grados según el filo de sus hojas: saijō ō-wazamono (最上大業物), los supremos; después ō-wazamono (大業物), ryō-wazamono (良業物) y wazamono (業物). Entre los mejor valorados aparece un nombre muy familiar para los aficionados: Nagasone Kotetsu (長曽祢虎徹). Sus hojas fueron tan codiciadas que circularon falsificaciones a montones, hasta el punto de que nació un dicho: si ves un Kotetsu, piensa que es falso.
Exactamente dos siglos después de aquella clasificación, en 1997, Eiichirō Oda empezó a publicar One Piece (ワンピース), y se llevó todas estas ideas a su mundo. Sus espadas también se ordenan por grados. La Sandai Kitetsu (三代鬼徹), con un nombre que recuerda al de Kotetsu, es una espada maldita que solo acepta a quien se atreve a desafiarla. La Wadō Ichimonji (和道一文字), la más querida de Zoro, remite a la Ichimonji (一文字), una escuela real de forja activa desde el periodo Kamakura (鎌倉時代, 1185-1333). La Yubashiri (雪走), «la que corre sobre la nieve», y la Shūsui (秋水), «agua de otoño», siguen la costumbre japonesa de dar a las buenas hojas nombres poéticos. Y la Enma (閻魔) lleva el nombre del rey del inframundo budista. Nombres, grados, maldiciones: la tradición entera, en manos de un espadachín pirata.
El caso más curioso, sin embargo, es el de Hattori Hanzō (服部半蔵). En Kill Bill, Quentin Tarantino lo convierte en un legendario maestro espadero retirado en Okinawa que rompe su juramento de no volver a forjar para darle una espada a la protagonista. El Hattori Hanzō histórico fue alguien muy distinto. Hattori Hanzō Masanari (服部正成, 1542-1596) fue un samurái al servicio de Tokugawa Ieyasu (徳川家康), conocido como «Oni Hanzō» (鬼半蔵), «Hanzō el demonio», que ayudó a su señor a ponerse a salvo tras la muerte de Oda Nobunaga (織田信長) en 1582. Una de las puertas del palacio imperial de Tokio todavía lleva su nombre. No fue herrero, pero el Hanzō de la película tampoco salió de la nada: el actor que lo interpreta, Sonny Chiba, ya había dado vida a Hattori Hanzō en la serie japonesa Kage no Gundan (影の軍団), de 1980. Una leyenda alimentando otra.
Maldita o célebre, falsificada o convertida en personaje, cada una de estas espadas comparte algo: su fama pesa tanto como su acero. En Japón, una hoja nunca ha sido solo lo que corta. También es lo que se cuenta de ella.
