Hacia el siglo VII a. C., un guerrero griego se prepara para entrar en combate. Se coloca sobre la cabeza un casco de bronce que le cubre las mejillas y la nariz. Las aberturas de los ojos son estrechas y apenas puede ver lo que ocurre a los lados. El metal pesa, calienta y limita sus sentidos, pero cuando llegue el momento no importará. El casco no está hecho para resultar cómodo. Está hecho para mantenerlo vivo.

Es un hoplita.

Su equipo forma un conjunto pensado para combatir junto a otros hombres. Lleva una lanza, una espada corta como arma secundaria, grebas, una coraza y un enorme escudo circular: el aspis, conocido popularmente como hoplón.

Pero aquel escudo tiene algo peculiar.

Su diseño permite sujetarlo con el brazo y mantenerlo firme mientras cubre buena parte del cuerpo. Protege especialmente bien el lado izquierdo, pero deja más expuesto el derecho. Un hombre solo tiene un problema. Dos hombres juntos tienen una solución.

El escudo de uno protege parcialmente al otro.

Y así, casi sin darse cuenta, el arma empieza a decidir cómo deben luchar los hombres que la llevan.

Los hoplitas avanzan formando filas compactas. Cada uno protege al compañero que tiene al lado y espera que el compañero haga exactamente lo mismo. Las lanzas sobresalen por delante de la formación mientras los escudos crean una muralla continua de madera y bronce.

Ha nacido la falange.

No es simplemente una forma de colocar soldados. Es una consecuencia de su equipo. El hoplita no necesita ser el guerrero más rápido ni el más fuerte. Necesita mantener su lugar.

Durante generaciones, aquella forma de combatir se convirtió en una de las grandes fuerzas militares del mundo griego.

En 480 a. C., esa disciplina encontraría uno de sus escenarios más famosos.

Un enorme ejército persa avanza hacia Grecia. En su camino aparece un estrecho paso entre las montañas y el mar: las Termópilas.

Allí, el rey espartano Leónidas y sus hombres consiguen aprovechar el terreno para enfrentarse durante días a un enemigo muy superior en número. La falange funciona porque el espacio impide que los persas puedan rodearla con facilidad.

Pero ninguna formación permanece perfecta para siempre.

Más de un siglo después, en Macedonia, un rey comprenderá que si el escudo y la lanza pueden cambiar la forma de combatir, también pueden llevarse mucho más lejos.

Se llama Filipo II.

Su respuesta es una lanza gigantesca: la sarisa, una pica que podía superar los seis metros de longitud. El soldado que la sostenía quedaba protegido por una auténtica barrera de puntas antes incluso de que el enemigo pudiera acercarse.

La falange macedonia había llevado la idea original hasta otro nivel.

Filipo utilizó aquel ejército para imponerse en Grecia. Y cuando murió, en el año 336 a. C., dejó a su hijo algo mucho más valioso que un reino.

Le dejó un ejército.

Su hijo era Alejandro.

Dos años después comenzaría una campaña que llevaría aquellas largas sarisas mucho más lejos de lo que probablemente había imaginado su creador. Macedonia cruzó hacia Asia y, en pocos años, Alejandro derrotó al Imperio persa y extendió su dominio hasta las fronteras de la India.

La historia había demostrado algo que se repetiría una y otra vez en los siglos siguientes:

cuando cambia el arma, puede cambiar también la forma de hacer la guerra.

Pero mientras los ejércitos griegos evolucionaban, también nacía otra Grecia. Una Grecia que siglos después sería reconstruida por artistas, escritores, cineastas y diseñadores hasta convertirse en una imagen que ya casi nadie cuestiona.

El guerrero espartano de nuestra imaginación lleva una gran cresta vertical sobre el casco.

La realidad era diferente.

En la cerámica y los relieves antiguos aparecen tanto crestas longitudinales como transversales, hechas de crin de caballo, y algunas representaciones sugieren que la cresta transversal distinguía a los oficiales. La imagen de un ejército espartano entero coronado por grandes crestas espectaculares pertenece, en buena medida, a la forma en que la cultura popular ha reinventado la Antigüedad.

El cine no inventó a los guerreros griegos.

Pero sí los volvió más fáciles de reconocer.

Y quizá esa sea la parte más interesante de todo este recorrido: separar poco a poco al guerrero que realmente existió del que hemos construido después.

Porque debajo de todas esas imágenes hay algo mucho más sencillo.

Un hombre.

Un casco de bronce.

Un escudo que le obliga a confiar en el hombre que marcha a su lado.

Y una lanza que, con el paso del tiempo, terminará convirtiéndose en una pica de seis metros y llevando a un ejército hasta los confines del mundo conocido.

Grecia no inventó todas las armas que utilizó.

Pero aprendió algo que otros pueblos perfeccionarían después: una buena arma no solo cambia la manera de luchar. Puede cambiar la manera de organizar un ejército entero.

Y Roma estaba a punto de aprender esa misma lección.

Pero a su manera.

Piezas de esta historia

Siguiente historia: 2. Roma — El arma que copiaron y perfeccionaron →

Scroll al inicio